<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064</id><updated>2012-02-16T05:36:33.525-08:00</updated><category term='Jorge Correa Rozas'/><category term='Ricardo Candia (parte 1)'/><category term='Iván Insunza Fernández'/><category term='Ricardo Candia (parte 2)'/><category term='Carlos Vega Pizarro'/><title type='text'>Historias de vida</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>5</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064.post-3092955365257615137</id><published>2008-05-06T01:31:00.001-07:00</published><updated>2008-05-06T01:38:37.941-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ricardo Candia (parte 2)'/><title type='text'>Ricardo (segunda parte y nunca final)...</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/SCAYKG_jgPI/AAAAAAAAACA/YpAimISHBFo/s1600-h/vacaciones1bn.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5197180531940491506" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/SCAYKG_jgPI/AAAAAAAAACA/YpAimISHBFo/s320/vacaciones1bn.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;color:#cccccc;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;color:#cccccc;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;color:#cccccc;"&gt;11.- Cuando recién se asomaba a la vida, por a imposición de mi padre, mi hermana Ximena se había casado con un chofer de micros y se fue a vivir al campamento Primero de Mayo, al final de El Salto. Era una ciudadela hecha con tablas y cartones que se levantó en los últimos campos que habían en la ciudad y su límite norte, después de una toma. Dos años antes habíamos llegado cargando nuestros poco bártulos en un camión de transportes de la Compañía de Cervecerías Unidas, poco después del triunfo de la Unidad Popular. Nuestra casa era compartida con otra familia a quienes podíamos escuchar sin ninguna dificultad del otro lado de las delgadas paredes. Al fondo, un pozo séptico resolvía las necesidades de despachar nuestros desechos. A esa altura me escapaba con mayor frecuencia de la situación que se vivía en casa. Me resultaba la mejor excusa la distancia que había entre ésta, al fondo de la comuna de Conchalí, y Quinta Normal, donde estaba mi liceo. Vecinos nuestros en Los Cardenales, eran unas familias mucho más pobres que nosotros, lo que ya es mucho. Su casa y la nuestra se separaba por un cerco innecesario de alambres de púas. Entre los niños que pululaban en esa rancha, había uno que pasaba el día entre la calle y el patio, cuyos límites no eran claros, siguiendo a rastras las numerosas filas de hormigas. Esa calle quedaba donde terminaba el límite urbano de la comuna de Conchalí. Más allá, sólo había chacras y campos con establos y sembradíos. Las tomas de terreno tuvieron en esos tiempos de la Unidad Popular, un aumento explosivo. En poco tiempo vivíamos rodeados de campamentos y la calle, otrora tranquila y casi rural, se transformó en un ir y venir de gentes de todas las layas. Una vez tuve que rescatar a mi hermano Leonardo de un tiroteo cruzado justo enfrente de la casa. Mis hermanos iban a los colegios de la Comuna y después de clases salían a hacer colas para resolver el pan del día. Por entonces los paros patronales y el sabotaje al gobierno de Salvador Allende, hacía estragos en las familias más pobres y nosotros, con los escasos dineros de mi padre, asegurábamos el pan en las colas que había en la calle principal del barrio, distribuyéndose mis hermanos en las que pudieran. El mejor colero que nunca hubo en casa y quizás en el barrio era mi hermano Carlos. Con no más de ocho años, se colaba en la parte de adelante de la larguísima cola, cerca del mesón y pedía que le vendieran. La gente, naturalmente, se ponía alegar y exigía que el patudo enano se pusiera donde correspondía, varias cuadras más atrás. Carlos en ese momento estallaba en llanto lo que enternecían hasta los más duros y al dependiente de la panadería que de inmediato le despachaba las marraquetas que el niño pedía. Cuando fue allanado por los militares golpistas el Campamento en el cual vivía mi hermana con su primer hijo de apenas unos días, mi madre desesperada por no saber de su hija y nieto no encontraba como pasar por el férreo cerco de milicos que podían estar uno o varios días chuequeando a los hombres y mujeres en busca de contrarios al régimen. Mi hermano Carlos nos resolvió la situación. Mostrando sus dotes de conspirador nato, llevó a cabo a la perfección las instrucciones que le di para que infiltrara el cerco militar, llegara a casa de mi hermana, recibiera toda la información que ella le diera y luego volviera por entra las botas y los fusiles. En dos horas cumplió cabalmente su misión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12.- Mi madre había inventado, pocos años después del Golpe, el negocio que salvaría el presupuesto familiar y nos permitiría una cierta solvencia. A lo largo de su vida, mi madre fue diestra en inventar pequeños negocios para reemplazar el dinero que al padre no le alcanzaba. Vendió sierra ahumada en algunas industrias textiles de la comuna de Macul, hizo pan amasado que vendió en las puertas de mi liceo, hizo empanadas que mis hermanos vendían en las canchas del barrio en Quinta Normal. Pero el mejor negocio vino de un modo impensado. Uno de esos tíos que teníamos y que no eran familiares nuestros sino amigos de mis padres, le dio el dato preciso. Por la cantidad de presos políticos que estaban pasando por las dependencia de el Anexo Cárcel de Capuchinos, había una situación que lo complicaba todo: las mujeres no podían ingresar al recinto con pantalones y no se podía entrar ni con chequeras, ni llaves, ni ningún documento legal u objeto extraño. Era entonces necesario un servicio de custodia. Mi madre se instaló sin más preámbulo, ni infraestructura, en un costado del penal autorizado por la dirección de éste. En adelante y por muchos años, mi madre fue la mujer que cuidó documentos, prestó o más bien arrendó faldas y organizó un servicio de encargos para los internos, que tuvo como personal a varios de mis hermanos que se turnaban para ir de compras con largas listas. Mi madre se hizo amiga de cuanto familiar de preso político en tránsito de expulsión o extrañamiento pasó por Capuchinos. Un día, mucho tiempo después de habernos cambiado de Los Cardenales, a la casa de madera de la Costanera, apareció mi madre con dos holandeses enviados por la solidaridad internacional, que apenas cabían por la estrecha puerta. No tienen donde quedarse, dijo por toda explicación y los alojó por dos semanas. Apadrinó a cuanto viajero iba por su preso. No era extraño llegar a casa y ver a tres o cuatro mujeres cocinando o viendo televisión en el pequeño aparato Antú que años antes nos había regalado el tío Chalo, o a extraños durmiendo en nuestras camas, mientras nosotros debíamos hacerlo en el piso. Como éramos todos hombres los que quedábamos en casa, mi hermana menor ya había sido obligada por mi padre a casarse con el que es su marido, era un placer ver llegar a mi madre con alguna extranjera o con una nacional que no tenía donde quedarse a la espera de la expulsión de su familiar. Con más de alguna fuimos especialmente cariñosos. Por años, esa pequeña casa fue el albergue de los familiares en tránsito hacia el exilio. Mientras tanto, mis hermanos profesionalizaban su labor de mensajeros y compradores en el Anexo Cárcel de Capuchinos. Los millonarios que pasaban una temporada tras las rejas, tenían gustos exquisitos y era tal el volumen de compras, que mis hermanos hacían en las casas comerciales del barrio San Pablo y en el mercado Central, que eran considerado muy buenos clientes. Muchas veces clonaban los pedidos de manera que si alguien encargaba un kilo de pescado, ellos compraban dos: uno para el reo y otro para la casa. Diversificaron a tal extremo los servicios que prestaba dentro del penal, mi madre seguía en la custodia, y llegaron a ganarse de tal modo la confianza de los internos, que una vez uno de ellos pidió hablar en privado con mi hermano Leonardo. Tengo para rato aquí adentro, comenzó explicándole el preso. Dejé allá afuera una bonita casa y una esposa joven y bella y la verdad es que tengo mis sospechas, concluyó. Mi hermano memorizó los datos entregados por el marido celoso y guardó la foto de una estupenda rubia que sonreía. El relato que mi hermano le hizo de la rutina de la rubia no entregó mayores antecedentes que pudieran probar una infidelidad. La noticia alegró al reo y a mi familia por el jugoso pago que hizo de buena gana. La verdad sea dicha, mi hermano nunca vigiló a la rubia, pero eso no lo iba a informar a un hombre que desde adentro no iba a poder hacer nada en caso de tener una mujer infiel. Un poco más aventajado y diverso en el negocio se entrar y salir del Anexo Cárcel, fue mi hermano Carlos. Simplemente traficó cuanto objeto o sustancia ilícita le era solicitada por los internos, hasta que lo descubrieron y, en consideración a los servicios prestado durante tanto tiempo, le dijeron que simplemente no volviera más. Cuando lo echaron por no mandarlo preso, un ex interno que le debía favores monumentales, se lo llevó a trabajar en un famoso restaurante de su propiedad en pleno centro de Santiago. El hombre tenía un hermano gemelo con asuntos pendientes con la ley y se escondía en un departamento cercano al restaurante. Mi hermano, que oficiaba de copero, es decir, la más baja categoría laboral en un establecimiento de ese tipo, debía llevarle día a día la colación al hermano fugitivo. Estos servicios y los brindados durante su prisión hicieron que el empresario y mi hermano tuvieran una relación más allá de empelado y patrón. No era raro verlos almorzar juntos conversando como viejos amigos y riéndose a mandíbula batiente. Nadie del restaurante entendía como el acaudalado y conocido empresario podía no sólo almorzar con el copero si no además, ser tan amigos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13.- La casa de la Costanera 2943 era también pequeña y de madera carcomida por las termitas. El nombre de la calle inducía a equívocos. El año 1980 fui a parar al hospital por un paratifus en plena época de exámenes en la universidad. Mis compañeros hicieron lo posible por conseguir mi dirección para ponerme al tanto de las pruebas y sus contenidos. Les fue imposible encontrar mi casa. Buscaron infructuosamente en la Costanera, a la altura de Pedro de Valdivia Norte en Providencia, sin sospechar que mi Costanera quedaba a la altura del peligroso puente Lo Espinoza, en la antípoda de la ciudad. Aquí fue donde la madre traía a sus compañeros que buscaban refugio. Fue esta una de las razones por qué nuestra casa comenzó a ser vigilada. También porque todos ya estábamos metidos seriamente en la conspiración y eso podía ser observado por los vecinos y el que quisiera: desaparecíamos por semanas, llegaban personajes extraños, andábamos con el ceño fruncido y ropa de una semana. La madre ponía lo suyo con sus amigos en tránsito y por sus opiniones en la feria o el almacén. En esa casa también, como ya era costumbre, compartíamos con otra familia. Muy adentro de la dictadura, ya con casi todos los hermanos conspirando, era muy extraño que en la parte de atrás del pequeño sitio, viviera nada más y nada menos que un carabinero. La cómico eran dos situaciones. La primera cuando en la madrugada lo venía a buscar o a dejar en una patrullera. Las luces rojas de las balizas policiales nos hacían saltar de la cama sin saber si era una allanamiento o el vecino que llegaba o salía. La otra situación era cuando mis hermanos fabricaban explosivos y llegaba el policía. Siempre supimos que él sabía, pero nos dábamos cuanta que nunca diría nada. Es más, trataba de no mirar las prácticas alquimistas de los avezados ingenieros. Desde esa casa debieron marchar al servicio Militar mis hermanos Leonardo y Rodrigo, con el temor que la milicia fuera una trampa para los hijos de una familia que sin duda era conocida por los servicios de inteligencia. Una miércoles a medio día venía llegando a casa, cuando salió a mi encuentro una vecina con el temor reflejado en el rostro a advertirme que había un hombre preguntando por mí. Cuando el desconocido la abordó, la señora María pudo darse cuenta que estaba armado y portaba una radio. Me puso nerviosamente al tanto de la situación cuando ya el tipo se acercaba directamente a interceptar mi paso. Buenas tardes, me dijo, conoce usted a Ricardo Candia, preguntó. No, le dije sin pestañear, esa familia se fue hace muchos años de aquí. El tipo me observó por unos segundos sin saber qué hacer. Obviamente me reconoció, pero mi respuesta lo descolocó. Bien, dijo como toda respuesta, y volvió sobre sus pasos. A la vuelta lo esperaba un Opala blanco con los vidrios polarizados. Cuando mi hermano Rodrigo volvió del Servicio Militar, lo encontré en la esquina de la casa cuando los vecinos organizaban una barricada, con el bus gris oscuro de la policía observándolo todo. Nos abrazamos con Rodrigo después de dos años de no vernos. En ese momento comenzó el ataque policial a la posición de los pobladores. Corrimos hacia la casa seguidos por una tupida balacera y bombas de gas. No alcancé a llegar a casa. Caí víctima de mi mal estado físico y de un gas particularmente paralizante, a dos metros de la puerta, casi asfixiado apretando una carpeta en donde llevaba un set de materiales de lo que sería el Festival Mundial de la Juventud que se realizaría en Moscú. Al caer, los papeles volaron como blancas palomas en la oscuridad de esa calle de tierra. Desde el suelo, respirando apenas, pude ver como un piquete de policías en traje de combate, se acercaba con un trote pausado y un rumor de botas chocando en la gravilla. Ningún reflejo era posible ver en el atuendo opaco de los policías. Lo único que brilló por un segundo, fue la honda profesional que uno de ellos preparó y disparó a mis costillas expuesta desde mi posición fetal, que protegía mi cabeza. Sentí el primer impacto a la altura de una costilla flotante del lado derecho. El segundo, un poco mas abajo del corazón. Casi perdí la respiración. No sentí los palos que me dieron, pero mi preocupación era mi incapacidad para respirar con normalidad y los papeles del Festival Mundial los que podía ver diseminados a tres metros de mi posición. Quise incorporarme para rescatarlos y entrar a mi casa, pero tenía el cuerpo dormido. Me arrastré hacia el antejardín de la vecina, tanto para esconderme como para usar su reja como apoyo e incorporarme, moviéndome lentamente para optimizar el poco oxígeno que los gases y los golpes me permitían meter a los pulmones. Como pude, por la asfixia y el dolor, comencé a ponerme en pie. Cuando asomé mi cabeza por sobre las matas del jardín pude ver al policía de la vanguardia de otro piquete, del cual no escuché el ruido de sus botas, y que venía repasando lo que el anterior había hecho minutos antes. Ahí hay uno, dijo el enmascarado policía que iba adelante. Fue una golpiza idéntica a la anterior, balines y palos incluidos. Cuando pude arrastrarme a la puerta de la casa, mis hermanos me tomaron y metieron a la carrera, revisándome el tórax buscando el origen de la asfixia. Cuando se dieron cuenta que lo mío era sólo una espectacular golpiza, respiraron mas aliviados y finalmente pudimos recuperar los documentos del Festival Mundial. Al otro día fui a ver al médico de la Vicaría de la Solidaridad que me recetó aspirinas y cama por dos semanas, durante las cuales no me pude siquiera reír. La casa de la Costanera se puso cada vez más peligrosa para nosotros. Un vecino nos informó que había un tipo que vivía cerca y que encargado por los servicios de seguridad debía averiguar e informar qué hacíamos, y, muy importante, si andábamos armados. Cuando supieron mi hermanos Carlos y Rodrigo de aquél peligro que se cernía sobre nosotros, fueron a hablar con el guardia de la feria, el sujeto contratado para el efecto y le dijeron detalladamente lo qué le pasaría en caso de. Seguimos con la vida normal, salvo que cada vez llegábamos menos a esa casa. El payaso rojizo que nos robaba las bolitas y arrancaba con las pelotas de trapo con las que jugábamos, murió, unos años después, presumiblemente envenenado en la casa de la Costanera. Todos lloramos ese día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14.-Mi hermana, vivía a unas quince cuadras de la casa de mamá y junto con su compañero, conspiraban en por lo menos dos frentes. Eran los encargados de organizar la población para la protesta y guardar los productos de las recuperaciones y las armas usadas para esos efectos por los compañeros del Frente. Mi hermana vivía en una pieza de allegada en la casa de su suegro desde donde operaban un equipo que intervenía las comunicaciones del canal siete para propagar las proclamas rodriguistas. Como una medida de seguridad mínima, mi hermana y su compañero Alfredo, echaban a andar el transmisor y salían de inmediato a sentarse en la puerta de la casa como si nada. Al minuto llegaban las vecinas a informarles que el Frente había intervenido la tele y que se escuchaba las instrucciones para la lucha, información política y orientación para enfrentar la represión. Ximena y Alfredo entraban entonces a su casa manifestándose interesados en sabe qué decían los compañeros.&lt;br /&gt;Por entonces, enfrentaban ellos una dura situación económica. A los bajos sueldos, se agregaba la represión de los empresarios textiles que no permitían el funcionamiento regular de los sindicatos y dejaban en la cesantía a quienes intentaban organizar a los trabajadores. La pareja de obreros textiles, mi hermana y su compañero, habían sido particularmente perseguidos por los empresarios y lograr un trabajo en esa área de la producción no era fácil. Los compañeros del Frente habían decidido que esta pareja de obreros serían los encargados de resguardar los medios usados en algunas recuperaciones y el producto de éstas. Muchas veces, en los tiempos más duros, durmieron sobre una cama que ocultaba bolsos llenos de dinero que irían a financiar las operaciones finales de esos tiempos decisivos. Jamás tomaron un solo billete. Mi hermana también dirigía la resistencia de esa población durante las protestas. Hacía equipo con un vecino que la secundaba en los preparativos de las más grandes protestas. Comenzaron con mucha antelación la preparación del dos y tres de julio del año 1986. Pero había un problema: no se podía conseguir ni un solo neumático y las vulcanizaciones tenían expresa prohibición de dar o vender ninguno. Para resolverlo decidieron robarle la inmensa rueda de tractor con que publicitaba su negocio un vulcanizador del sector. Mientras mi hermana hablaba con el dependiente, su socio salió a toda carrera llevando por delante la enorme mole de goma. Durante dos semanas el enorme aparato descansó a los pies de la cama de mi hermana, a la espera de cumplir con su destino. El allanamiento que se veía venir, finalmente apareció una madrugada de un miércoles. Entonces ningún hombre ni mujer pudo ir a trabajar, ni siquiera salir de la Población Sara Gajardo. Casa por casa sacaron a las personas mayores de 18 años, las que fueron llevadas a una cancha, separadas las mujeres de los hombres. Mi hermana y su compañero fuero interceptados en el paradero de micros. Con el pretexto de buscar delincuentes, los soldados empadronaban a todos los pobladores tratando de controlar las señales cada día mayores de un levantamiento. Mientras mi hermana era llevaba junto a las otras mujeres en una larga fila flanqueada por soldados en tenida de combate, en su casa mi sobrino mayor, que se empinaba sobre los 10 años, hacía esfuerzos por esconder todo aquello que sabía no sería bien visto por la tropa: desde las revistas y periódicos contrarios a la dictadura, instructivos didácticos para preparar toda clase de artefactos explosivos y una sub ametralladora que había visto cuando Alfredo la guardó en una cómoda. Cuando la tropa ingresó a la pieza de mi hermana encontró a dos niños con cara inexpresiva arrinconados sobre la cama. Los soldados comenzaron su atropellada búsqueda y sólo por un milagro no encontraron un material subversivo suficiente para una cadena perpetua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15.- Desde donde vivía mi hermana, hasta donde vivía mi madre, no habían más de quince cuadras. Cuando Ximena escuchó a lo lejos el amenazante ronronear de los helicópteros desde el lado de la Costanera, días después, supuso que estaba el resto de la familia en peligro. Pensó en nosotros, sus hermanos que a esa altura de la dictadura estábamos haciendo todo lo necesario para botarla, porque ya se había quedado por demasiado tiempo.&lt;br /&gt;Yo había dejado la universidad el año 1982, cuando repetí Álgebra Lineal por segunda vez. Tenía reglamentariamente derecho a solicitar una tercera oportunidad, pero la maquinaria de vigilancia de la Universidad ya había detectado algunas maniobras mías al interior y eso determinó que no me lo permitieran. Desde hacía años ya venía dedicando gran parte del día al trabajo de la conspiración y a partir de ese momento, me dediqué a tiempo completo al trabajo clandestino. Con altos y con bajos. Esos años fueron especialmente duros para mí. A una situación económica apremiante, debía sumar que por esos meses había embarazado a mi novia del Liceo. Mi cabeza atenía un tremendo barullo que no era capaz de resolver. Mis compañeros me contactaron con un sicóloga en busca de arreglo a mis situación de desconcierto emocional, del que no lograba salir, mientras que me juntaban el dinero necesario para seguir en la universidad. No sirvió de nada ir cada dos día a ver a la sicóloga que se hacía llamar Ignacia y que era muy linda. Estaba en un callejón sin salida: iba a ser padre, no tenía ingresos económicos sino lo poco que me daban mis compañeros para apenas movilizarme, me había ido mal en la universidad, me había aficionado al vino de las peñas y a la bohemia y no sabía qué hacer. Un día me propusieron viajar a prepararme fuera del país. Fue una buena decisión. Entre los años 1982 y 1983, desaparecí. Cuando regresé, volví a vivir con la madre de mi hija Catalina que había nacido el año 1981. La relación no duró un año y debí salir de esa casa con mis pertenencias en tres bolsas negras de basura. Volví a militar y a intentar hacer una vida más estable, lo que no podría lograr sino hasta muchos años mas tarde. Cuando mi hermana vio el vuelo rasante de los helicópteros y escuchó las ráfagas de fusilería a lo lejos, decidió a ir hasta la casa de la madre. Efectivamente, el cerco que rodeaba una gran zona tenía como centro el frontis mismo de nuestra casa. Desde el río venían tiros que eran respondido por las tropas de todos los colores que se parapetaban en sus vehículos. La batalla había durado bastante mas de una hora sin que la represión se arriesgara a adelantar su tropas hacia las márgenes del río, a no mas de cien metros. En un momento los helicópteros comenzaron a moverse hacia el oeste, siguiendo el cauce del río. Se rumoreaba que habían caído algunos insurgentes y que otros había sido arrastrados por la corriente e iban heridos. La tropa de infantería igualmente se movió del frente de la casa de la madre. No habían pasado veinte minutos cuando sonó el tremendo timbre de locomotora de la casa. Salió mi hermano Claudio y se encontró con un compañero con el cual habían hecho alguna operación en otro tiempo. Tiritaba en la puerta cuando pidió entrar. Al sentarse en un sillón le entregó a mi hermano la sub ametralladora tibia y sin parque, con la cual había estado disparando hasta hacía no más de veinte minutos. Mi compañera va herida, dijo con la voz en un hilo, quiero salir. Mi madre se opuso tenazmente a que se fuera en esas condiciones y le pidió que esperara. Apenas podía sostener la taza con té que madre le ofreció tratando de calmarlo. El timbre sonó por segunda vez y todos saltaron de sus asientos pero mi hermano Claudio que salió a ver quien era, volvió con mi hermana Ximena que había pasado el férreo cerco de la represión. Madre la puso al tanto de lo que pasaba y al ver la decisión de salir de todas maneras que repetía el compañero, Ximena le dijo, está bien yo te saco. Este es tu padre, le dijo a su hijo mayor apuntando su índice a la altura de la nariz del niño que lo miraba con los ojos muy abiertos, y ahora lo vas a tomar de la mano y no lo vas a soltar. Salieron. Como una pareja joven, con dos niños de la mano, sortearon sin contratiempos desde el primero hasta el cuarto de los cercos concéntricos. Cuando por fin pudieron llegar a Carrascal, el joven se despidió agradeciendo el gesto, y desapareció en el puente Lo Velásquez, hacia Cerro Navia. No hubo mención a detenidos, heridos ni muertos en el noticiario de las nueve. Al otro día sonó nuevamente el timbre ferroviario y el mismo joven, ya repuesto, fue el que abrazó a mi hermano cuando éste fue a abrirle la puerta. Vengo por mis cositas, dijo después de saludar. Mi madre le había lavado el buzo deportivo que había dejado la noche anterior pasado a pólvora y se lo entregó en una bolsa plástica. Mi hermano le agregó la sub ametralladora fría y sin cartuchos en la misma. Se alejó de la casa después que madre le pidió que se cuidara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16.- La casa en que terminó por desarmarse la familia original, quedaba en la esquina del Pasaje P con Emilio Campodónico, en las profundidades insondables y peligrosas de Quinta Normal. Finalmente, dimos la vuelta en redondo. Terminamos viviendo a escasas cuadras del lugar al que llegamos hacía treinta y cinco años. Los últimos años de mi madre fueron en compañía de mi hermano Pedro y Mirna, la cuñada propietaria de una risa que lo contagia todo, que tuvieron dos hijos: Nicolás y Sebastián. Posteriormente, llegaría a la casa mi hermano Carlos con su compañera Nancy, quienes habían tenido a sus dos hijas, Katherin y Erika. Aún no nacía el tercero, Carlos. El único hermano soltero que siempre se quedó en la casa con mi madre fue Claudio. Rodrigo, tanto se iba como llegaba a intervalos irregulares. Desde ahí se dieron las últimas peleas. Desde ahí salió Rodrigo a otras tierras, en la postrimería de la dictadura, a prepararse como soldado profesional. Ahí se quedó mi hermano Claudio con el peso de una casa que ya no era la misma. Mi mamá vivía ahí cuando en Estocolmo me corté la mano y supe de esa manera que le había pasado algo grave. Antes de llegar a Suecia, a un exilio que no era tal, había vivido en una casa de juguete en un barrio de espanto al final de Pudahuel. Había nacido Camilo mi segundo hijo, y el horizonte era un cielo de dudas respecto de lo que venía. El año ochenta y seis había sido el año decisivo, pero no había pasado nada, salvo la desmovilización de quienes combatían. Había muchas dudas de si la salida de la dictadura tendría que ver con nosotros, o se estaba fraguando en oficinas desconocidas. Cundió entre muchos compañeros una gran decepción. Parecía que todo lo que se había hecho no serviría sino para cambiar de manos, las mismas de siempre, el poder anhelado. De un momento a otro sentimos que, de cierta manera, habíamos sido traicionado o no habíamos sabido administrar el inmenso poder que habíamos construido mediante sacrificios enormes. Se discutía si los jefes habían sido capaces de tomar las mejores decisiones, si estuvimos cercanos a un levantamiento que habría cambiado el escenario del país, si teníamos las capacidades para el efecto, si alguna vez hubo la decisión de combatir por el poder, o nos conformábamos con el adiós al dictador, dejando el campo libre a los que finalmente, se lo tomaron y al cual se aferran con todo y sin memoria. Cuando se realizó el Chile Crea, evento precursor de la Fiesta de los Abrazos, pedí permiso para irme del país. Mi hijo Camilo y su madre ya estaba hacía un año en Estocolmo, hasta donde debieron partir porque la casita de Pudahuel había sido nombrada en el proceso por el atentado al tirano. La Vicaría nos informó de la situación y al otro día, madre e hijo, volaban hacia Escandinavia y yo lo haría en enero del año 1989. Cuando aterricé en Arlanda hacía un frío, sólo comparable al de Temuco en Julio. Estuve en Suecia tres años, al final de los cuales o me suicidaba o me devolvía. Trabajé lavando platos y haciendo aseo en escuelas, restaurantes y edificios. Me sostenía la cercanía con mi hijo, y las cartas que mi madre le dictaba a mi hermano Claudio y que llegaban una vez al mes. Cuando ya no aguanté mas la situación con la madre de Camilo, pedí un pasaje a la autoridad de los emigrantes, renuncié a la residencia y volví a Chile sin más trámite. Traía en el bolsillo un regalito para mi hija Catalina. Mientras estuve en ese exilio que no era tal, le escribí innumerables veces y otras tantas le envié alguna cosa. Nunca tuve ningún tipo de respuesta. He debido vivir con el dolor de no ver a mi hija desde hace mucho. Mientras vivió mi madre, Catalina iba de vez en cuando a verla a su casa vecina. El día en que el taxi que me llevó del aeropuerto se detuvo frente a la casa de mi madre, en el Pasaje P, ella había muerto un año y medio antes, lo primero que veo es a mi hija. Me bajé y la abracé emocionado y le pedí que viniera mas tarde a casa. Fue. Estuvo un momento en el cual compartió con algunos de mis sobrinos, con una actitud de nerviosismo evidente. La foto que captura ese instante, la muestra entre sus primos, y una actitud de incomodidad elocuente. Le dije que si sentía mal, mejor venía después. Se fue y nunca más volvió. Nunca supe resolver esa situación. Me acomodó siempre creerle a la madre de Catalina y sus ofertas. Una vez me pidió cierta gestión relativa a la niña, con la promesa de mediar para una reconciliación. No hubo tal. Cuando estuve preso pedí verla porque suponía que iba a estar mucho tiempo en esas condiciones y no fue posible. Cuando salí en libertad, no hice las gestiones suficientes para volver a ver a la niña y finalmente, la última oportunidad que tuve de hablar con su madre, fue cuando volví de Suecia, nuevamente, el año 2001. No se por qué vía logró ubicarme y un día apareció en mi casa. Fue a pedir que renunciara a la paternidad de la niña, que a esa altura ya se había cambiado el apellido, por el de su padrastro. Le pedí que se fuera y nunca más la vi. La muerte de la madre cortó ese lazo que se mantuvo con la Catalina. Sólo supe de ella por vías extraoficiales y subterráneas. En la casa, finalmente, quedó viviendo mi hermano Carlos con su familia. Cuando dejó esa casa por la exigencias de sus dueños muchos años después que el primero de la familia la hubiere ocupado, trató de encontrar las armas que alguna vez fueron escondidos debajo de sus árboles frutales, pero no pudo encontrar nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17.- A mediados de octubre del año 1986, nos sacaron a Aldo Díaz y a mí de la galería 12 de la Penitenciaría de Santiago para llevarnos a la Segunda Fiscalía Militar, en donde estábamos procesados por el infracción al artículo octavo de la Ley 17.798. Arrinconados, ojos estragados, pelo enmarañado, sucios y fétidos, perfectos incomunicados, mirábamos por primera vez el patio de la Penitenciaría donde se apiñaban los reos que iban a los tribunales. Nos moríamos de ganas de fumar y por saber qué pasaba afuera después de semanas de CNI e incomunicación. La galería 12 queda en el sector oeste de la Penitenciaría en el segundo piso. Las celdas son cubículos de dos por dos metros y cuatro de alto. Uno de los muros, todos llenos de inscripciones pidiendo perdón a Dios, los santos y las Madres, lucía una ventana con barrotes y un grueso latón que la cubría por completo. Sólo dejaba cinco perforaciones del diámetro de una moneda por donde entraban los rayos de sol de la tarde con los cuales me inventé un inútil reloj solar. Llegamos de noche a la Penitenciaría y fue el impresionante sonido el que más nos desconcertó. La idea cinematográfica de una cárcel se relaciona con un recinto en donde no se oyen demasiados ruidos que no sean el cerrar y abrir de las rejas metálicas. Lo que escuché al entrar al recinto fue algo tan espectacular que de inmediato me imaginé un partido de fútbol entre dos enconados rivales en la final del campeonato. Los muros amarillos de las celdas estaban completamente escritos con leyendas de arrepentimientos y muchos cariños a la mamá, a Dios y a los hijos. Algunos escribieron sus leyendas con sus propias fecas. Cada día, a las ocho de la mañana, el Mayor a cargo de esa zona de la Penitenciaría, hacía su ronda habitual, la que nosotros aprovechábamos para hacer alguna exigencia mínima de higiene o de derechos humanos. El sujeto, con una rosácea bastante avanzada nos miraba con algo de compasión y se retiraba sin pronunciar palabra. El mocito de la galería aprovechaba la puerta abierta y entraba a toda velocidad con un infecto trapero para barrer basura que sólo él veía. En es momento nos daban un minuto para ir al baño, lo que alcanzaba sólo para orinar en unos baños pestilentes. Ni pensar en una ducha. Las necesidades fisiológicas mayores se debían hacer al interior de la celda en algún envase que uno mismo adecuaba para el efecto. Algunos usaban cajas de leche partidas por la mitad, otros botellas de bebidas plásticas también cortadas. Quienes no tenían la posibilidad de obtener una caja o botella al día, debían botar el contenido diario, enjuagar el interior y volver a usarla. Este envase era llamado La Guagua. Cada uno por su parte, descubrió con asombrosa precisión el mismo método para cagar en tales condiciones. Se afirma la espalda en el ángulo de noventa grados que forman dos de los muros y se pone La Guagua de manera que en ella pueda caer el contenido de nuestros intestinos. Compartí la incomunicación con quienes llegaron por el proceso de internación de armas en Carrizal, cuyo reo más famoso fue en ese momento el Rucio Molina. Cada vez que sacaban a Molina a declarar era una operación de decenas de gendarmes y muchos kilos de cadenas. Había cumplido mas de dos meses de incomunicación cuando por fin, lo bajaron a la Calle Quince, que era la antesala para la Calle Cinco en la cual se había logrado reunir a los presos políticos. Mientras duró la incomunicación, en nuestro caso por dieciséis días, el Rucio Molina dirigía una peña folclórica en la cual podía cantar o recitar el que quisiera. Resultaba muy simpático escuchar como cada uno encerrado en solitario en sus celdas, se ponía a cantar para un auditorio compuesto por decenas de presos en la más absoluta de las incomunicaciones, a pesar de los reclamos del sargento encargado de la calle. El Rucio Molina, que hacía de maestro de ceremonias de la peña, era también el responsables de darnos ánimos cuando el silencio se apoderaba del pasillo y nos invitaba a cantar con él canciones revolucionarias para superar el bajón. Cuando bajamos a la calle quince, donde nos esperaba el Rucio que había llegado la noche anterior, me pude dar cuenta del olor que puede llegar a despedir un cuerpo humano después de casi un mes sin lavarse apropiadamente, sin cambiarse la ropa, empapado de sudor y miedo. Después de la más maravillosa ducha que he tomado en mi vida, usé la toalla que ya había secado a decenas de otros compañeros y me lavé los dientes con un cepillo que había sido usado por los que habían bajado antes. El día anterior, el cabo de gendarmes nos llevó a la larga fila de los que íbamos al tribunal militar donde sufrimos la dureza de los grillos que ponían moradas las manos y hacían que se perdiera la sensibilidad de los dedos. En el camión celular de no mas de dos metros de ancho por cuatro de largo entramos ochenta y cuatro humanos, apretujados hasta el borde del desmayo por la falta de aire. Es posible que la temperatura en esa trampa mortal haya subido sobre los cuarenta grados. Ese día nos levantaron la incomunicación, pero sólo bajamos a la calle quince al día siguiente: al sargento agregado a la Fiscalía, se le quedó accidentalmente el oficio que decretaba nuestra libre plática en las oficinas de la Fiscalía Militar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18.- En la cárcel habíamos fundado una escuela de Métodos Conspirativos, Normas de Organización, y de algún tipo de armas. Arribamos a la Penitenciaría los primeros días de octubre después de estar dieciséis días en el Cuartel Borgoño, acusados de infringir el artículo 24 de la ley 17.798. Tras dos semanas en la Galería doce de incomunicados y una noche en la Calle quince, de tránsito, fuimos llevados a la Calle Cinco, en una fila india que cruzó el Óvalo. Nos esperaba una emocionante bienvenida. Los compañeros que habitaban esa calle, se ubicaban a ambos lados de la entrada y cada uno nos abrazó y saludó de la manera más cariñosa que se pueda, mientras tanto comenzaban a aplaudir a nuestro paso. Luego de llegar al final de la larga fila de abrazos, nos levaron al comedor en donde nos dieron la bienvenida oficial por parte del Mando del Colectivo de Presos Políticos de la prisión, compuesto por compañeros de los distintos partidos y organizaciones en prisión. Finalmente, pasamos a sentarnos a las mesas que estaban servidas para la ocasión para disfrutar la primera comida decente en un mes de incomunicación. La primera actividad oficial después de la bienvenida, en la cual nos dieron dos semanas de vacaciones, fue asistir a una charla que un mirista canero viejo nos dio respecto del modo de vivir en prisión, las claves para la supervivencia y una clase de coa suficiente como para saber como se habla en esas circunstancias. En la primera visita que tuvimos después de la larga incomunicación, nos juntamos con nuestros familiares y logramos cambiarnos de ropas. También nos entrevistamos con el siquiatra que una vez llegó a la imprenta Llareta para pedir que le imprimieran El Asombro, quien nos preguntó por la tortura, sus características, sus énfasis, técnicas y nuestra opinión respecto de cuánto nos había hecho daño. Una vez que le respondí mis impresiones me dijo que lo que debía hacer para superar el tartamudeo con el que había salido de todo eso era reírme lo más que pudiera. De esas visitas nos retirábamos en medio de los más bellos e inmerecidos aplausos de nuestros familiares. Cuando se nos acabaron las dos semanas de vacaciones y más o menos repuestos del paso por la CNI y la incomunicación, debimos enfrentar el trabajo diario: artesanía que luego era vendida para financiar nuestra estadía en la Penitenciaría. También comenzó el trabajo político que seguimos haciendo en medio de las más estrictas medidas de seguridad. Compartíamos la Calle con una buena cantidad de presos comunes, lo que abría la posibilidad de que saliera información hacia la policía. Uno de esos presos comunes era el Ulises. La única vez que lo vi pasar frente a la casa de la Costanera, iba con sus dos hijitas pequeñas de la mano y una bolsa de pan. Me llamaba la atención el modo educado con que saludaba a mi madre la vez que se cruzó con ella y conmigo. En el barrio era fácil saber quién era quién. Sin embargo, poco o nada se sabía acerca de este personaje callado, silencioso, preocupado de su familia, quitado de bulla, al que era raro verlo en la calle. El día en que la policía cercó la cuadra yo no estaba en casa. Mi madre me contó al otro día que la policía de Investigaciones se había llevado al vecino del cual no sabía el nombre y cuya descripción no terminó de darme muchas luces. El mismo día en que llegué a la calle Cinco, y mientras los compañeros del mando hacían esfuerzos por conciliar camas con presos, Ulises me fue a buscar al patio y me dijo que quería hablar conmigo. No lo conocí en ese instante. Luego de los datos que me aportó, recordé la vez en que la Policía allanó una casa que resultó ser la suya. Había caído acusado de siete asaltos a mano armada. Uno de sus cómplices lo había delatado y la policía desarmado la banda con la que asaltaban tomando la precaución de no dañar a nadie en la operación. Arriesgaba muchos años de cárcel y, peor aún, no ver más a su mujer y a sus hijas las que no sabían los pasos que daba papá Ulises cuando salía de casa y volvía tarde. Cada sábado y lunes, días de visita para la calle, Ulises se engalanaba con su mejores ropas con la esperanza de ver llegar a su mujer y sus hijas. Volvía con una sombra de pesar en el rostro que inhibía pregunta alguna. Una vez hablé en la visita con mi madre respecto del tema del Ulises. No faltó más. A la semana siguiente el asunto estaba arreglado y después de mucho Ulises pudo abrazar a sus hijas y a su mujer por la intercesión de las reiteradas conversaciones que tuvo mi madre con la mujer. Cuando habló conmigo, sentado en su celda, me invitó a ocupar una parte de ésta que compartía con dos giradores dolosos de cheques que resultaron ser compañeros muy divertidos. El trabajo político al interior del penal debía ser muy cuidadoso. Asumíamos que no por estar preso estábamos inhibidos de seguir luchando contra la dictadura. A pesar de lo que se pueda creer, la vida en la prisión política tiene mucho trabajo. Se organiza en grupos por partidos para resolver el rancho. Cuando un grupo está de turno debe resolver el desayuno, el almuerzo y la once. El trabajo de la seguridad es permanente. Los riesgos de algún ataque a alguno de nuestros compañeros más expuestos en la prensa fue siempre algo latente. Simultáneamente, cada compañero debía entregar un trabajo de artesanía a la semana para financiar la comida de todos. Cada uno albergaba la idea de salir en libertad y había que seguir luchando. Nos dimos cuenta que los niveles político o técnico de mucho de los compañeros que llegaban presos era muy pobre. Entonces fue cuando organizamos la escuela Político Militar. El Pollo, su director, me pidió que asumiera la cátedra de Normas Leninistas de Organización&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19.- Mientras oficiaba como jefe del Regional Temuco, fue detenido un tipo que me conocía. Opté por salir de la zona un tiempo, a contrapelo de la opinión de mi jefe directo. Estuve una semana en Santiago a la espera que al situación en Temuco se desinflara antes de volver. Cuando pude regresar, me di cuenta que ya no podía quedarme y que mi caída era inminente. Subí mis bienes materiales a un bus y sin esperar permiso o autorización, me devolví a la capital. Fue cuando llamé a Aldo Díaz para que me acompañara en su furgón a retirar mis cosas al terminal. Aldo dirigía la Imprenta Llareta. Muchos años antes, una tarde de invierno, alguien avisó que justo en la puerta cerrada del taller había estacionada un enorme bus verde musgo de la cual descendían, sincrónicos y marciales, una cantidad infinita de pacos armados hasta las amígdalas. Paren las máquinas dijo Aldo, cagamos. Los minutos de ese momento parecieron interminables, como interminables los pacos de las Fuerzas Especiales bajando del bus y formándose frente a la puerta del tallercito. Soto, que se atrevía a monitorear las evoluciones policiales por un hoyo en la puerta, no movía un músculo. Qué decir al segundo siguiente de derribada la puerta? Nos rendimos, no disparen, estamos desarmados? Soto levantó una mano como para decir un momento. Sudábamos en silencio. La mano alzada de Sotito comenzó a moverse de un modo que bien podía interpretarse como adiós, calmados o esperen. Alguien dijo quememos todo. Un sabio palmetazo a la altura de la nuca fue la respuesta a la estúpida sugerencia. Sotito levantó la cabeza y le dijo al Guatón, parece que no vienen para acá. Se hizo un silencio espeso. Lo que pasaba en realidad, era que iban atacar por la retaguardia a los estudiantes del Instituto Tecnológico de la Universidad Técnica que protestaban. Salvamos. Clandestinamente se hacía El Siglo, pero era una imprenta en toda la línea, con patente, facturas, tarjetas de visitas y una vendedora a la que todos queríamos comernos. La había fundado el Mono G, M. P. y J. C. muchos años antes. Cada una de las veces que quebró, no faltó la mano amiga que la rescató de deudas y acreedores e hizo nuevamente el milagro de mover unas máquinas veteranas. Entre papelería de todo tipo, se imprimió, durante largos años, todo cuanto estaba prohibido. Ahí se hicieron los primeros panfletos de lo que sería conocido pronto como FPMR, para la propaganda armada en el tren al sur, a la altura de la María Caro. Había que imprimir El Siglo de la manera más económica y eso generaba la necesidad de conseguir insumos gráficos sin delatar lo que se hacía. Lo del papel resultaba fácil porque muchas veces se compró papel robado. La novedad vino de la mano con un invento perfecto: las planchas para la impresión offset se podían grabar al sol y revelar en el baño, lo que evitaba salir a los comercios del rubro, arriesgando los originales y todo lo que implicaba. Pensábamos que los niños del cité vecino que jugaban cerca de la improvisada cámara insoladora no sabrían nunca qué era lo que se ponía debajo de un vidrio aplastado con dos ladrillos. Pero siempre supieron y siempre callaron. Había otra garantía: hacer las planchas offset permitía la herejía de corregir en los originales aquello que no nos gustaba o respecto de lo cual no compartíamos políticamente. Sólo por llevar la contra, a veces cambiábamos el eterno mono que llevaba el interior, un bosque de banderas que marchaba en una dirección, poniéndolos en dirección opuesta. La impresión y encuadernación del diario, era relativamente simple: bastaba encerrarse un par de días. A menos, claro está, que fallara el maestro, el ayudante, el encuadernador, el jefe de taller o todos juntos. Esta última posibilidad fue las mas frecuente. Los días viernes, días de pago, la cosa no podía terminar ahí y probablemente nos fuéramos los Puchos Lacios para rematar en el topless El Infierno, a sugerencia de un infaltable de muchos viernes: M. P. Una vez después de tomarnos un jarro doblero de bajativo, caímos nuevamente a El Infierno. No más llegar, en un dos por tres trepé el escenario y en otro dos por tres estaba en medio de la calle Diez De Julio, aventado por los guardias que no quisieron creer que la bailarina en topless era una prima que no veía hace mucho. Desperté en Puente Alto, sin saber dónde estaba, sin rastros del suple y con sed. En muchas oportunidades nos atrasábamos con el diario, pero daba lo mismo porque el equipo de distribución era mucho más lento que la imprenta. Alguna vez también distribuimos el Siglo, lo que era una irresponsabilidad que violaba el mínimo abc de la conspiración. Aldo, con su hija nuevecita en los brazos de su mujer en la función de copiloto, manejaba su furgón Suzuki por Departamental, estado de sitio en curso, cuando un grupo de pacos listo para el asalto final, le hace señas de detenerse. En la parte delantera Ximena con su guagua en brazos, en la trasera cajas plataneras llenas de El Siglo. El milagro de la tierna maternidad aligeró el ceño fruncido de las fuerzas del orden y se pudo entregar el diario en la panadería que hacía de buzón. No recuerdo si era la compañera dueña de casa o su hija, la que nos alborotaba por ser una mina bastante rica. La vez que más susto pasamos fue cuando repartíamos el diario en una Citroneta. Por las mañas propias de este vehículo quedamos en panne sin poder arrancar hasta que se acercó, silencioso, un furgón de pacos, con chalecos antibalas reglamentarios y uzis con bala pasada. Le explicamos que llevábamos artículos de greda y que el sudor de la frente y de todo lo demás, era por el esfuerzo para hacer arrancar la citro, que no era primera vez y que alguna vez la quemaríamos por inservible. El sargento, rubicundo y con cara de tener sed, hizo bajar al contingente y sin dejar sus uzis ni los chalecos nos empujaron hasta que el motor de la citro se le ocurrió partir. Pasamos el nerviosismo en el Chancho Viñatero con dos jarros de borgoña en frutilla y unos churrascos. Nadie que no conociera el staff de la imprenta Llareta podía saber que hacíamos impresos clandestinos. Nadie que los conociera podría comprenderlo. Más parecía una escuadra de poetas errantes, bohemios y alcohólicos que un equipo de trabajadores clandestinos con toda la disciplina que ese empeño requiere. La Llareta, una planta que vive apegada en cuerpo y alma a algunas rocas en el desierto de Atacama, vive con muy poco agua y es resistente a lo que sea. Así se llamó esta imprenta durante los diez años que vivió. El día en que cayó en manos del enemigo fue un viernes de septiembre, pasadas las fiestas del dieciocho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20.- Había cumplido como secretario en algunos regionales clandestinos del sur. Sería la semana anterior al dos y tres de julio de 1986 cuando en reunión de secretariado dicté el plan de Mensaje, al jefe del frente militar de la Organización, para esos días de protesta nacional. Salimos de Los Cacharros, cerca de Labranza en Temuco, con la tareas algo claras para enfrentar los días que suponíamos decisivos. No hubo tal. La gente estaba en las calles y los milicos y los pacos también. Cuando la represión se retiró, sólo quedó la más grande protesta popular que habíamos visto hasta la fecha. Al otro día, el encargado de Mensaje me la suelta. El plan se le había quedado en un cuaderno en un colectivo. En el cuaderno iba además, su nombre verdadero y su dirección. Lo sacaron en calzoncillos de su cama dos días después y estuvo tres meses preso. Por eso debí salir de la zona, contra la opinión del Jefe. Volví por mis cosas, un colchón y un televisor en blanco y negro, después de una semana. Fue cuando llamé a Aldo Díaz para que me acompañara al terminal. Ven al taller y vamos, me dijo. En Ahumada compré una Novela de Maigret. Al llegar al taller, leyendo a Simenón, entré inadvertidamente. Adentro había el entusiasmo y el humor negro de siempre. Vamos enseguida, me dijo, pongo a imprimir estos panfletos y estamos. A esas alturas del estado de sitio por el intento de tiranicidio, se sabía que Llareta era la única imprenta que se atrevía a operar. El día anterior había llegado un médico siquiatra amigo para exigir, en sus palabras, que le imprimieran de inmediato El Asombro, el mejor pasquín que se vio en toda la dictadura, que no tuvo más de cuatro números, lamentablemente. Era una edición especial referida al atentado al dictador. Los familiares golpes en la puerta no hicieron sospechar nada. Sólo cuando vimos entrar la tromba de sujetos armados gritando como si estuvieran asaltando el Morro de Arica, nos hizo caer en cuenta que había llegado la CNI y que estábamos presos. Esta vez también el Guatón dijo cagamos, pero a diferencia de la oportunidad de los pacos, ahora era de verdad. De los siete trabajadores, contra toda suposición, sólo se llevaron al Guatón y al nervioso autor de esta líneas, quien en una acto de desesperación casi indigno, dijo que venía entrando y que sólo había ido por el furgón, así que permiso que me voy. El que mandaba me dijo calmado cabro, ya veremos quien se va y quien se queda. Quien se queda? Después de encontrar los paquetes de El Asombro? Con el respeto que merece, la verdad es que poco les importó encontrar El Siglo de esa quincena y rastros de otras muchas. Lo que les escoció de verdad fue El Asombro, del siquiatra. Fue por lo que el Guatón se llevó las primeras patadas, bofetadas, y golpes de todo tipo. La descripción que dio Aldo del que habría llegado para que imprimieran el pasquín no se parecía al siquiatra que un mes más tarde nos atendería en la Penitenciaría cuando por fin pudimos salir de la incomunicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21.- Llegué a Valdivia después de que el año 1984 había sido detenida parte de la dirección de la Décima Región. Venía saliendo de algunos tiempos más o menos depresivos, en los cuales no faltaron disputas y contradicciones con miembros de la Dirección. Mario Aguirre, que en ese tiempo se llamaba Nelson, me dijo que había plazas de secretario tanto en la Décima como en la Sexta y que podía elegir. Le dije que prefería la Décima y le di una larga explicación política que no era tan honesta porque, en el fondo, tenía más en mente los choros zapatos del mercado fluvial y los setecientos kilómetros que me distanciaban de los dramas que me aquejaban por entonces. Como recordarán muchos, el año 84 fue especialmente importante por la agudeza que tomó la lucha una vez que se comenzó a implementar más o menos en serio la Política de Rebelión Popular. En Valdivia el trabajo de Secretario Regional tuvo muchos momentos agradables, otros desagradables y sólo uno que otro peligroso. Recuerdo con especial agrado el placer de salir de la casa que me albergaba en Las Ánimas, y balsearme hasta llegar al otro lado del río, remando con mis propias fuerzas. La dirección principal de trabajo era, por cierto, el estamento estudiantil, a pesar que en mi opinión la condición de región mapuche hacía que intentáramos orientar algún trabajo hacia las comunidades que, lamentable y simultáneamente por fortuna, quedan bastante alejadas de la ciudad. La idea de que estábamos llegando a decir la palabra insurrección, la aparición de compañeros que habían combatido en Nicaragua, a alguno de los cuales habíamos visto la última vez en Cuba, mientras pasábamos las pruebas de MC- CI y Operaciones Urbanas, además y por sobre todo, porque veíamos que por más esfuerzo que le poníamos, no nos era posible ponernos en la vanguardia de la pelea que la gente llana daba en los lugares más impensados cuando se hacían los llamados a protestas, nos generaba una sensación desconocida hasta entonces. El olfato de conspiradores, a esa hora bastante curtido, nos decía que algo grande venía. Un día llegó a Valdivia un yate de nombre Blanca Estela, que usaba la Armada para regatas internacionales. Quisimos volarlo usando para el efecto los conocimientos de nuestros camaradas estudiantes de Construcción Naval del IPV. No pudimos. Pero, a pesar de ese fracaso nos quedó una idea delirante: nos dimos cuenta que la lucha debía ser de otra manera. Cuando llegó el Dictador a la ciudad pudimos ver una larga procesión de autos que venían del aeropuerto cercano y en su interior siniestros personajes de lentes oscuros. La protesta hizo bastante noticia y se probó que el tirano ya no podía moverse con la soltura con que lo hacía, pero, más importante, nos probó y reconfirmó que era hora de pasar a una manera distinta de lucha. Pasando a llevar los protocolos de la seguridad y la compartimentación y órdenes expresas de la Dirección, me reuní con el compañero jefe del Frente Patriótico de la zona. Fue una grata reunión por tres motivos. Primero, al compañero, un temuquense, lo había visto la última vez en un conversatorio de Ejército Enemigo, en el pueblo de Santa Fe, a algunos kilómetros al oeste de La Habana. La segunda razón, pude comer carne después de varios meses sin probar proteína animal alguna y, tercera, porque lo primero que me dijo el compañero fue si quería un pisco sour o un combinado. Después del tenedor libre en el Club Palestino, fueron también dos o tres piscolas de bajativo. Cuando estábamos asentando un trabajo que nos había permitido ganar la vicepresidencia de la federación de la U Austral, resultó que tuve problemas de seguridad. Al otro día viajé a Santiago para tomar distancia de un probable chequeo del que había sido objeto, ocasión en que me propusieron asumir la Dirección de Temuco porque el Secretario había caído hacía algunos días. No lo dudé. A la semana estaba tomando posesión de un cargo que era mucho más complejo en una región cuya dirección principal de trabajo era el pueblo mapuche, pero que además, tenía un importante frente estudiantil y de pobladores. Sobreviví todo ese tiempo con una fuerte dosis de hipotermia que no la resolvía ni las estufas ni los calzoncillos largos. Ni en Escandinavia he pasado tanto frío como aquel año en Temuco. Un día ganamos la federación de la UFRO, lo más probable después de peleas interminables con los compañeros jefes de las Comisiones Nacionales. Para decir la verdad, nunca tuve buenas relaciones con los compañeros que recorrían mes a mes largas distancias en bus para llegar a atender a quienes servíamos en los rincones más alejados. Lo mejor de esas visitas, era que traían el estipendio. Ocho mil pesos de aquellos tiempos para comer, vestirnos, transportarnos, comprar cigarrillos, ir al cine, adquirir ropas y zapatos adecuados y algo para ahorrar. También traían la tendencia de corregir lo que hacíamos con mucho esfuerzo. No fueron pocas las veces en que hube de ordenar a mis compañeros de la Dirección Regional no recibir a los compañeros de las Comisiones Nacionales. Decidí que en adelante iba a ser el Secretario, pero con funciones de Intendente. Algunos documentos que redacté en ese tiempo, fueron firmados de es manera. El Valdivia, era el Gobernador, en Temuco ya iba en Intendente. Si sigo en esa pega, sin duda que habría llegado a Presidente de la República. Un día nos encontramos reuniéndonos en los Cacharros, en la casa del camarada Jorge Díaz, el mejor lugar para conspirar que se puede haber concebido. Resultaba un verdadero placer llegar a esa casa de camaradas. Solidaria, alegre, valiente, con una mesa en la que se sentaban con nosotros, después de largas y a veces innecesarias reuniones, la compañera, el compañero y las, hasta ese momento, siete hijas del matrimonio. Afuera había frío, y lluvia, dictadura y represión. Adentro, en esa cocina con mesa redonda de gente humilde, vibraba un cariño muy difícil de encontrar. Por donde anduve, recordé con nostalgia ese rincón perdido de camaradas tan grandes como la palabra compañero. Nunca pidieron algo para ellos. Fue en Rofúe, Rosamel es un testigo de aquella reunión en casa de Tranamil. Hacía mucho frío, cosa que no debo repetir porque en Temuco siempre hace frío. De visita por estas tierras estaba un Jefe miembro de la Comisión Ejecutiva. Nada mejor entonces de generar una reunión en la que podíamos juntar nuestro colectivo de dirigentes mapuche. Tomamos la micro en el supermercado las Brisas hacia el sur y media hora mas tarde estábamos en un camino oscuro, bajo un manto de espesa niebla. Tomamos a lo derecho haciendo caso omiso del barbecho que estaba tan blando que a poco andar el barro nos llegaba a las corvas. El compañero jefe ya estaba arrepentido de semejante aventura no bien sintió hundir sus zapatos en el barro oscuro, pero cuando cayó a la acequia que no vio, lo único que quería era volverse a toda costa a la seguridad de la ciudad. Pero el colmo vendría mas tarde en la fogata de una ruca en la que humo se podía cortar con un cuchillo por la leña verde y húmeda. Nuestro jefe con gripe no aceptó un remedio de hierbas que se le ofreció, combatió todas esas horas contra la humareda que insistía en dirigirse solamente a él, trató infructuosamente de evitar los trastornos que produce el humo de ciertas hojas y, casi cayéndose de sueño, me pidió volver al camino y tratar de tomar algo que nos llevara de vuelta a un Temuco que nunca se vio tan lejano. No teníamos encargado del Frente Mensaje. Como se comprenderá, el año 1985 fue en el que más escasearon cuadros con competencia en el frente en cuestión por cuanto la posibilidad del levantamiento con el que soñamos por entonces y que hemos olvidado hoy, se hacía más y más probable. Y nosotros sin encargado militar. Por rutas extrañas y fuera de las vías regulares nos conseguimos un compañero que había estado en Cuba, probablemente comiendo guayabas, a juzgar por los resultados que nos dio antes de caer detenido por la represión poco tiempo después. Fue a quien dicté el Plan del dos y tres julio del 86 y que perdería en el colectivo. Hube de ausentarme de la ciudad porque el sujeto en cuestión sabía donde vivía. Más aún conocía mi nombre. Haciendo caso omiso de la orientación de mis jefes que insistían en que me quedara al frente del Regional, tomé un bus que me llevó a Santiago, en donde informé de la situación. Los compañeros aceptaron mi decisión a regañadientes, pero lo cierto era que no volvía al regional por la precaria situación de seguridad que generó la caída del compañero que aún hoy, a más de veinte años de sucedido los hechos que narro, me cobra la mitad del estipendio que no le entregué. Todavía lo guardo como recuerdo de la ineptitud y la irresponsabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22.- Ya no milito. Estoy como decimos, en casa. Pero ni tanto. Uno que ha sido formado para el combate, buscará siempre una trinchera. No he dejado ni por un momento de mis cincuenta y dos años de ser comunista, del modo en que yo lo entiendo. Tengo de la larga militancia que hice, los mejores recuerdos y un cariño entrañable al partido y a la Jota. Creo que se equivoca aquella compañera que vende El Siglo en Santiago, cuando, por debajo, me tilda de traidor. Traidores son aquellos que trabajan para el enemigo. Esos están en el otro lado. La rebeldía de las ideas que me enseñara mi madre y el convencimiento que mientras haya consecuencia entre la conciencia revolucionaria y la actitud, no hay limites para el que opta por la redención de los explotados. Guardando las distancias, los que han liderado las pre revoluciones, las proto revoluciones y las revoluciones en América Latina, no fueron necesariamente observadores inmutables de normas ni reglamentos inmodificables. Más bien, fueron díscolos de orgánicas y normas. Pero han sido todos compañeros. Uno de los mejores poetas de Latinoamérica fue acusado de traidor y fusilado un día 10 de mayo de 1975. Todavía anda por ahí el Comandante Villalobos que lo llevó al paredón y dio la orden de fuego, dando explicaciones que nadie escucha, mucho menos Roque Dalton que yace cubierto por la tierra de El salvador y se esconde de quienes de vez en cuando tratan de encontrarlo. Nunca firmé un papel que certificara mi militancia. El único curso de cuadros que tuve, lo comenzó mi madre cuando yo no tenía más de diez años de edad, en la cocina de la casa de mis abuelos, en Quilquén. Mi madre nos contaba a mí a y a mis hermanos, de las andanzas del abuelo Pedro, su padre, el carpintero del fundo Santa Rosa, que tan perseguido como han sido siempre los comunistas, pintaba los muros de las bodegas de las estaciones del ramal y le hablaba tan en secreto como se podía, de aquel lejano país en el que los obreros y campesinos eran los que mandaban, y en donde habían fundado un sistema en que los burgueses eran historia. Un día el patrón expulsó del fundo al abuelo Pedro y le requisó cada una de las herramientas con las cuales se ganaba el escaso pan para sus hijos. Despojado de sus herramientas, tuberculoso y perseguido, el abuelo Pedro murió. Mi madre fue la llavera del fundo hasta que pudo salir del campo y llegar a la capital en busca de una vida menos dura. Afincada en la ciudad y sirviendo en una casa de ricos, se casó con un obrero ferroviario y tuvo los nueve hijos que somos en esta rama humana. Nunca olvidó lo que su padre le contó sobre posibilidad de un mundo mejor. Y alrededor del brasero, en las interminables noches del invierno, nos fue entregando las primeras clases de comunismo, sin haber leído nunca jamás a Marx o a Lenin. Cuando le dije el año 1970 que quería ingresar a la Jota me dijo que me cuidara. Desde ese momento, me vio cada día menos en casa, pero se alegraba mucho cuando le contaba las cosas que hacíamos, como descargar en tiempo record un barco con leche, porque, entre otras cosas, por esos tiempos, la leche era el alimento más preciado que teníamos en casa. Cuando cayó el gobierno de la UP, mi madre me encontró llorando en mi cama, me hizo cariño en el pelo y me preguntó por mi compañera. Cuando al otro día salí con dos pantalones puestos no me dijo nada. Ya habían pasado muchos, demasiados, años de dictadura y mis hermanos y yo andábamos cada uno en lo suyo en la lucha, cuando mi madre me dijo que ella también quería pelear pero que como era vieja quería hacerle el pan a los combatientes. Creo que fue la última clase de su largo curso de cuadros, como digo, el único que tuve.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8390492669842136064-3092955365257615137?l=paraelhombresencillo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/3092955365257615137/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8390492669842136064&amp;postID=3092955365257615137' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/3092955365257615137'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/3092955365257615137'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/2008/05/ricardo-segunda-parte-y-nunca-un-final.html' title='Ricardo (segunda parte y nunca final)...'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/SCAYKG_jgPI/AAAAAAAAACA/YpAimISHBFo/s72-c/vacaciones1bn.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064.post-7393787225466098061</id><published>2008-04-09T03:32:00.000-07:00</published><updated>2008-04-09T03:57:39.212-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Ricardo Candia (parte 1)'/><title type='text'>Ricardo (primera parte)</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Despues de un largo tiempo sin publicar historias, hemos vuelto con una muy especial.&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;Es por esto que nos permitimos presentar un relato &lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;un tanto más extendido (dividido en dos partes), &lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;color:#000099;"&gt;&lt;em&gt;&lt;strong&gt;o como el mismo protagonista lo llama, una "pequeña memoria"...&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Trebuchet MS;font-size:85%;color:#000099;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/R_ygwuG7mpI/AAAAAAAAAB4/7ZcDlOg3uvE/s1600-h/vacaciones1bn.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5187197629695236754" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/R_ygwuG7mpI/AAAAAAAAAB4/7ZcDlOg3uvE/s320/vacaciones1bn.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;1.- Fue por entonces cuando mi madre me pidió conversar. La lucha que daban la mayoría de los chilenos para desprenderse de la afrenta que significaba la mantención de la dictadura, había avanzado en calidad y cantidad. Las operaciones insurgentes eran de un grado cada vez mayor en complejidad y de alcances estratégicos. Al desembarco de armamentos le había seguido el plan de ajusticiar a Pinochet y las operaciones urbanas habían aumentado en calidad y en cantidad y los enfrentamientos con los encargados de la represión eran cosa de todos los días. Había errores, pero había también más decisión, más gente preparada, mas experiencia y más medios. Mi madre estaba cada día más preocupada por la situación de sus hijos, a los que poco veía. Yo había estado preso un par de veces y ella lo pasó bastante mal, a pesar que en esas oportunidades no hubo nada tan grave que lamentar. Cuando mi hermano Leonardo se fue al Servicio Militar, ella lloró más que en otras oportunidades. Había el peligro cierto que la inteligencia militar manejara información de nuestras aventuras y que por esa razón Leonardo fuera perseguido o muerto. Lo mismo pasó con mis otros hermanos, Carlos y Rodrigo que también debieron ingresar a la milicia. Cuando Leonardo viajó a Temuco, mi madre y mi padre fueron a despedirlo a la Estación Central, desde donde partíamos muchos años antes a nuestras vacaciones sureñas de tres meses completos. Leonardo les dijo que el no traicionaría los principios de la familia y que haría todo por permanecer fiel a la enseñanza que había recibido. Mi madre tenía miedo y lloró desconsoladamente cuando el tren partió. Leonardo viajo a Temuco y de ahí lo despacharon en breve a Coyhaique en donde aprendió a montar a caballo y afinó la puntería. En la familia el deporte favorito siempre ha sido el tiro al blanco. Cada cual se ufana a su modo y medida por la puntería que tiene. El abuelo Florentino, padre de mi padre, obtuvo algunos premios por esa gracia que nos haría tan bien heredarla. Cuando fuimos mayores y nos refugiábamos en el campo nuestro deporte favorito eran campeonatos de tiro al blanco en el cual llevaba la delantera mi hermano Rodrigo. Este último había viajado un año después que Leonardo a Traiguén para el trámite peligroso del servicio militar. Cuando se hizo presente en el Regimiento de Artillería de Montaña de Traiguén, ya mi hermano Carlos había llegado y era lo que se llamaba un pelado antiguo. Se había presentado directamente en el Regimiento de Traiguén porque por ese tiempo se había quedado a vivir en el campo de puro patiperro y enamorado de Nancy, mi cuñada hasta ahora y parece que por siempre. Pudieron los hermanos soldados, a partir de entonces y hasta cuando Rodrigo fue movilizado a Porvenir, cuidarse recíprocamente. Cuando tenían franco, viajaban al campo, a la casa de la Tía Raquel a saciar el hambre de cuartel que sufrían. La tía Raquel fue la compañera del Papi Juan después que murió la abuela Mina. Siempre fue llamada tía Raquel, pero era en los hechos la verdadera abuela. Provista de una fuerza descomunal y de una intuición inexplicable, se transformó desde el principio en una confidente y colaboradora de mis hermanos. Cada vez que volvían al Regimiento, después de unos días de franco, los llenaba de comida y les ponía disimuladamente un par de billetes en el bolsillo. Fue desde el principio, cuando el Papi Juan fue a buscarla para que se hiciera cargo de la casa, después de la muerte de la abuela Mina, una buena amiga de mi madre. Campesinas las dos, hablaban el mismo lenguaje y buscando y escarbando, llegaron a concluir que alguna vez se habían conocido. La tía Raquel acompañaría al Papi Juan hasta su muerte. Mi hermano Carlos se licenció de su Servicio Militar desde el regimiento de Traiguén mientras Rodrigo debió servir un año más en las heladas tierras del sur extremo, hasta que volvió a casa una noche de protesta cuando caí, casualmente, en manos de la represión. Ya estábamos todos de vuelta en la pelea cuando madre me pidió conversar, creyendo que, por ser el mayor, era el que tenía los mayores grados. Pero en verdad cada uno estaba en lo suyo y casi ni se hablaba de las responsabilidades asumidas por respetar la compartimentación. En nuestra casa era todo clandestinidad. Mi madre no podía más con sus nervios. Cada noche de esos años fue para ella una verdadero tormento. Leía y escuchaba las noticias y sufría cada vez que algún combatiente caía o era apresado. Tenía fe ciega en que si andábamos por ahí, habría gente que nos cuidaría, como ella hacía con los compañeros que llegaban a casa con nosotros o los que ella misma traía. Hasta la casa de la Costanera y después en la casa del Pasaje P, cuando yo ya no estaba viviendo con ella, tenia la costumbre de dormirse sólo cuado en último de mis hermanos llegaba. Los conocía a cada uno por sus pasos. No era posible entrar sin que no los escuchara e identificara simultáneamente. Desde su cama preguntaba al que llegaba, nombrándolo, si había visto al o a los que faltaban. El que llegaba le mentía diciendo que ya llegaba a casa, lo que, por cierto, nunca creyó. Sólo se dormía cuando el último entraba con la cara contraída por el miedo y la ropa pasada a pólvora. Comenzó el tiempo en que ya pocos llegaban a casa. Ahí aumentó la preocupación de la madre. No había forma de avisar que estábamos bien. Mi madre y yo tuvimos un sistema que siempre dio resultados a juzgar por los reiterados experimentos que hicimos hasta comprobarlo empíricamente. Tuve con mi madre una comunicación extrasensorial en los momentos de gran peligro para mí. Siempre que estuve en esa situación, invoqué su protección y siempre que salí de ellos, recordé avisarle por la misma vía, que estaba bien. La primera vez fue cuando caí preso al Estadio Nacional cuando no se había cumplido aún la primera semana de la dictadura, el 19 de septiembre de 1973. Con otro compañero fuimos apresados por una patrulla del Ejército en una pequeña plaza y llevados a la rivera del río Mapocho al final de la calle Carrascal. Cuando bajamos a la orilla de aguas pestilentes, el oficial a cargo, un subteniente de no mas de veinte años, ordena que nos fusilen en el acto. No contaba el oficial con que ese lugar habitaba una enorme colonia de personas muy pobres que habían construido sus casas, sus chozas, colgando al modo de palafitos, sobre el agua. El militar les gritó tres veces que se fueran y otras tantas disparó al aire, pero los niños y mujeres que habitaban esas casuchas, no se movían. Cada vez que usaba su fusil apoyaba después la trompetilla en mi nuca, dejándome marcas circulares. En un momento le dijo a un soldado que igual me disparara, yo de boca en el piso del camión con las manos en la nuca, sentí que el soldado apoyaba su fusil y oí cuando sonó algo al momento en que la trompetilla se incrustaba un poco más en el cuello y sentí, tiritando de terror que los sonidos que el soldado hacía con la boca imitando los disparos no se parecía mucho a los verdaderos y escuché con mucha claridad la risa del oficial ante la broma de su subordinado. Cuatro horas mas tarde llegaba el estadio Nacional, con la cara desfigurada por los golpes que el oficial me dio con una pistola que olía a grasa consistente. Cuando quise bajar del camión, un soldado no se si el de la broma macabra u otro, me empujo suavemente con la culata de su arma y me dijo que me iban a matar. Al levantar la vista para mirar su cara, vi que debajo de un enorme casco de acero, lloraba. Un momento antes de ser apresados, uno de los compañeros me había entregado un paquete que guardé en mi abrigo y que no fue encontrado en el primer allanamiento y que mantenía cuando fuimos empujados a una fila de prisioneros con sus ropas sobre la cabeza, formados frente a un escritorio en donde daban sus nombre y señas. Nos hicieron ponernos en la pared con las manos levantadas. Después de tres horas, llegaron unos civiles y nos preguntaron toda clase de cosas de las cuales no tenía idea y nos amenazaron con llevarnos a una sala de torturas. Nos quedamos esa noche en el estadio cuando finalmente no encontraron ningún parte que diera cuenta por qué habíamos sido llevados hasta allá y por qué íbamos en el calamitoso estado en que llegamos. Cuando nos obligaron a tirarnos en la arena de esa parte de los pasillos interiores del estadio, tuve tiempo de hacer un pequeño hoyo y depositar ahí el misterios paquete. Antes de taparlo, rompí el papel y pude ver que habían varios tubos de ensayo y seis balas calibre 22. No pudimos dormir con los gritos y maniobras que se sucedieron toda la noche. En la mañana siguiente un capitán nos dijo que nos iríamos porque estábamos de economía. El bus policial que nos sacó del estadio nos dejó en la esquina de Matucana con Catedral después de recorrer numerosas Comisarías. Volví a casa tres días después una vez que estuve más repuesto de mis heridas. Le dije a mi madre que había estado en casa de compañeros y ella me dijo que no, que ella sabía que yo había estado a punto de morir. En adelante, perfeccioné esa técnica misteriosa cada vez que debía mandar un mensaje a la madre para que estuviera tranquila. Yo vivía en Estocolmo muchos años después, y sin razón aparente un vaso se me quebró entre las manos a la misma hora en que sufría el accidente vascular, hiriendo mi mano izquierda. Supe que en ese momento a mi madre le había pasado algo grave y no recobré la tranquilidad hasta que llegué a casa y me dieron la noticia que estaba muy grave. Murió a la semana que yo llegué a Chile. Entonces recordé la vez que me había pedido hablar seriamente para ponerse a la disposición de los compañeros para marchar a la guerra cuando esta viniera, lo que era muy probable. Yo no podría tomar un arma, me dijo, porque estoy muy vieja, pero haré el pan mientras ustedes combaten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.- Cuando éramos niños, la mejor parte del año comenzaba cuando llegábamos al campo el primer día de vacaciones en diciembre, para quedarnos hasta el último, en marzo. En ese lapso vivíamos libres en los verdes potreros que rodeaban la casa del Papi Juan. La Provincia de Malleco por entonces cultivaba gran parte del trigo que se consumía, y no se suponía todavía la llegada de las madereras y sus pinos insignes y eucaliptos que hoy copan el paisaje. Por alguna razón que la memoria no logra desentrañar, comencé asistir a la escuela del pueblo de Quilquén, en donde teníamos clases varios niveles a la vez, en la misma sala. Los niños mapuche, muchos de ellos descalzos o usando ojotas de goma, llegaban en caballos que dejaban amarrados a la vara puesta en el frontis para el efecto. Al fondo del patio inclinado de la Escuelita, había un cierre de membrillos y manzanos que inundaban la escuela de un aroma dulzón de sus flores, las que nosotros nos comíamos con verdadero deleite. Los severos profesores nos revisaban las manos cada la mañana, formados en el patio tiritando de frío, con un jarro de porcelana colgando del cinturón. Si nos encontraban las uñas sucias o mordidas, nos pegaban con una varilla de mimbre que adormecía por unos cuantos minutos los dedos. Después de la prolija revisión, hacíamos la cola para recibir una porción de harina tostada, azúcar y leche caliente para el desayuno. Un día, del mismo modo misterioso como llegué a esa escuelita, fui sacado de ella para no volver. El trabajo de mi padre, obrero ferroviario, nos daba la posibilidad de usar pases libres en los trenes lo que nos permitía cuatro viajes al año. El único que hacíamos comenzaba con la llegada de los hermanos mayores a la Estación Central con el padre, nunca más allá de las cuatro de la tarde, aún cuando el tren partía a las nueve de la noche. Ocupábamos los asientos a esa temprana hora, no sin antes pasar por el susto de ver a mi padre subiéndose temerariamente al tren mientras éste aún se movía a una velocidad peligrosa. Mi madre llegaba después con los más pequeños de mis hermanos. Hasta antes de esto, no nos podíamos mover, ni mirar para el lado, ni hablar, ni pararnos al baño, ni jugar a nada. Debíamos estar inmóviles durante las cinco horas siguientes. Algunas fue peor: de tanto estar sentados, inmóviles y silenciosos, nos mirábamos con mi hermana y nos daba un ataque de incontenible risa. Todo volvía a la normalidad, una vez que terminábamos de llorar después del castigo. Una vez que el tren dejaba el anden y al padre, podíamos disfrutar el viaje, soñando con lo que haríamos con todo ese tiempo para nosotros en las verdes praderas de ese rincón de Malleco. La casa de la abuelita Mina y del Papi Juan era conocida como El Campamento porque alguna vez, efectivamente, albergó a trabajadores eventuales, y estaba de tal manera dispuesta que se podía ver el tren desde que salía de la estación de Quilquén hasta que se perdía, ya casi llegando, a la siguiente estación, Trigal. Las horas se sabían según era el tren que pasaba: el de una, el de cinco. Un entretenimiento era ir a la estación de Quilquén a darle la pasada el tren, así se decía, para observar la gente que viajaba con sus mejores galas, hacia la próxima Traiguén y a los que llegaban del norte. La abuela se llamaba Luzmina, y todos le decía Mina, y era pequeña y usaba el pelo largo en el que brillaban sus canas. Se había casado con Pedro Cares, que era en ese tiempo, y hablamos del primer cuarto del siglo veinte, el carpintero del Fundo Santa Rosa. La abuela Mina tenía la gracia de tocar la guitarra y cantar al modo campesino tradicional. Recuerdo que alguna vez vi cuando la vinieron a buscar a la casa, ya había enviudado y vivía con Juan Alarcón, para ir a cantarle a un angelito muerto en pleno diciembre. Partió al galope corto en ancas de un caballo que no recuerdo quien conducía. La vi cantar un par de veces apenas: sentada muy al filo de la silla, con un mantel sobre las rodillas y la guitarra con cuerdas de lata muy levantada, la cabellera larga y lacia cayéndole sobre los hombros. Mi hermano Pedro nació en ese fundo, pero en la Casa Blanca, como era conocida la que el patrón entregaba a su brazo derecho Juan Alarcón, el Papi Juan. Nació Pedro Florentino un día dos de mayo, iluminado por las fogatas de la Cruz de Mayo. Mi padre no estaba cuando llegó mi cuarto hermano. Quedó sin inscribirse el en Registro Civil por dos años porque en aquellos tiempos si no iba el padre pasaba por hijo natural, como si no fueran naturales todos los hijos que llegan a la vida. En enero del año subsiguiente mi padre lo inscribió como nacido el seis de enero del año 1961, es decir, casi dos años después. Mi hermano tiene dos años mas de lo que dice su carné. Pedro se quedó a vivir con el Papi Juan quien lo crió como campesino y como su hijo. Veíamos a mi hermano Pedro una vez al año, cuando llegábamos por los tres meses del verano. Creció lejos de nosotros. Nos miraba con desconfianza y a la defensiva cuando arribábamos al campo ya más crecidos. Cuando tuvo edad de entrar al Liceo, muchos, demasiados, años después, el padre lo trajo de vuelta. Aún treinta años después, no se acostumbra lejos de sus campos y de sus caballos. El Papi Juan y la abuela Mina tuvieron un hijo retardado que nunca pasó los diez o doce años mentales, a pesar de los cuarenta que tenía cuando murió y que jugaba con nosotros con su cabecita atrapada en una infancia enfermiza. Un verano fueron varios de mis hermanos, el mayor no pasaría de los trece años, y el Nene, así le decían pero se llamaba René, a una laguna a jugar en un viejo bote. Remaron hasta el centro de las aguas oscuras hasta cuando el bote comenzó a desarmarse y a hacer agua por los cuatro costados para hundirse rápidamente. Mis hermanos se lanzaron a nadar hacia la orilla desesperadamente, mientras el Nene se hundía irremediablemente en el cieno. Encontraron su cuerpo esa misma tarde. Un día de enero murió la abuela mina a la edad de 55 años de un asma que la castigó casi toda su vida. Frente a la casa, al otro lado de la línea del tren, trabajaban mis tíos en la cosecha del trigo cuando fueron a avisarles. Los recuerdo correr loma abajo con el dolor dibujando en una mueca triste en sus caras. En sus manos el tío Raúl estrujaba su sombrero cuando llegó a la casa y vio a la finada. El Tío Raúl, Castizo, conocido entonces y todavía por ese apelativo, era colorín y pecoso, como un campesino de Asturias, cuando joven. Nos enseño los secretos del campo: qué raíces se comen, cómo sacar los chupones, encontrar los coigües y el nombre de los pájaros. Cuando murió su padre, el abuelo Pedro, se marchó de casa y anduvo de pueblo en pueblo, de campo en campo, de patrón en patrón. Otras veces, se iba a las comunidades mapuche y volvía meses después, con olor a carne de caballo y humo. Se le veía venir por las cresterías de las lomas cercanas, manos en los bolsillos, el sombrero caído en la nuca, silbando alguna canción. Quisimos mucho a nuestros tíos Raúl y Javier, el otro hijo del abuelo Pedro. De éste aprendimos a montar a caballo y a cazar a campo traviesa, a pelar un conejo y a conocer de cerca la explotación humana. Murió joven el tío Javier, envuelto en la humareda espesa del alcohol y la tristeza que nunca superó después de la muerte de su madre, mi abuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.- Cuando la abuela Mina y el abuelo Pedro, fundaron su familia y tuvieron sus hijos, las tierras, las cosas y las personas ya eran de propiedad del patrón. En las noches frías de Malleco el maestro Cares le contaba a su hija pequeña historias heroicas de la revolución de Octubre, de los obreros y campesinos armados, de los Soviet, de la emancipación humana y de cómo era posible un país sin explotados y explotadores y que la vida sólo vale la pena cuando te das a la causa de la redención humana. La pequeña Blanca no olvidó esas historias y esas enseñanzas que hablaban que el mundo podía ser distinto, en el que la explotación humana ni la miseria existiera, en que los hombres fueran iguales y en el que vivir fuera cosa de tener ganas. Años después, cundo ya sabíamos escuchar, mi madre nos relataba esas historias oídas del Maestro Cares y otras de las que el mismo fue protagonista. Nunca se nos olvidaron esas historias que fueron determinantes para la vida que nos armamos después. Crecimos todos con una sensación de rebeldes cuyo propósito en la vida era hacer esa revolución de la que hablaba el abuelo y que contaba la madre. La costumbre de contar historias alrededor del bracero es profundamente campesina y más bien mapuche. Mi madre, que emigró cuando ya era una jovencita a la capital, se la llevó a cuestas, lo que nosotros aún agradecemos. Evocaba con nostalgia su infancia en las minas de oro de Santa Rosa en compañía de Rosa, su amiga del alma, con quien llevaba el almuerzo a los hombres que laboraban en los lavaderos de oro que por esos tiempos abundaban en esa parte de la Frontera. Era frecuente por entonces escuchar de muertos encontrados a las orillas de las vías férreas durante esa pequeña fiebre del oro que atacó esas tierras. Los comercios recibían pepitas de oro como moneda corriente para las compras, lo mismo que las cantinas que abundaban en esos campamentos que luego fueron pueblos. El alcohol y los garitos hacían su agosto entre aquellos aventureros que llegaban a challar oro en busca de fortuna rápida. Fueron muy comunes los enfrentamientos a balazos y a corvo que terminaban frecuentemente con uno o más rosqueros tiesos a la orilla de los rieles, o en lo profundo de una acequia. Mi madre debía llevar la comida en una marmita a su padre, el abuelo Pedro, que después de ser expulsado del fundo por revoltoso, llegó a lavar oro para mantener su casa. Esas andadas las hacía junto a Rosa, que también llevaba el almuerzo a su padre a la hora de doce. Los viejos le regalaban pequeñas pepitas de oro a las dos amigas quienes las juntaban solidariamente en un pequeño frasco de vidrio. De vuelta a casa, se pasaban a un arrollo cercano para contar cuántas pepitas tenían y calcular para qué les alcanzaría tamaño tesoro. Las amigas tejían sus sueños mirando las pepitas brillando, especulando cada una a su turno, qué harían cuando llenaran el frasco. No faltaba la desavenencia respecto de la manera de gastar su oro y de ahí a enojarse y devolverse, una para ti otra para mí, las pepitas de oro, no pasaba mucho. Cuando terminaban de contar y de repartirse el pequeño botín, ya las amigas reconstituían su amistad y luego de juntar nuevamente su pequeño tesoro, corrían tomadas de la mano por el sendero al pueblo de Santa Rosa para comprar yerba mate y azúcar para su respectivas madres y algunos caramelos para ellas. Cuando cumplió veinte años, mi madre decidió viajar a la capital en busca de un destino distinto. Por un dato de una amiga, llegó a trabajar como empleada doméstica a una casa de la calle Gay en el centro de Santiago. En esa casa conoció a su comadre Carmen, otra de sus amigas del alma, que oficiaba como la cuidadora de los niños de la familia burguesa. Los días domingo, el único que tenían libres las jóvenes mujeres, salían a pasear por el Parque Cousiño tejiendo sueños de un futuro mejor y haciendo recuerdos de la familia lejana. En esas salidas dominicales conoció mi madre al vecino de la casa precisamente de enfrente. Hijo de un militar al que rara vez veían, el joven morenito se las ingeniaba para encontrarse con la muchacha de pelo rubio. Cuando comenzaron pololear, el papá, sub oficial de ejército, lo echó de la casa por salir con una mujer que trabajaba como empleada. Cuando le dijo que se iría con la mujer que amaba, mi abuelo le respondió que nunca más entraría a esa casa. Mis tías lejos de solidarizar con su hermano ante los arrestos clasistas de mi abuelo, siempre despreciaron el origen campesino de mi madre, su trabajo de empelada doméstica y su condición de madre soltera. Mi madre había tenido a mi hermana Susana de un amor de juventud y cuando partió a la capital dejó a la pequeña en el campo mientras ubicaba en qué ocuparse. Cuando encontró trabajo en aquella casa de ricos fue recibida con la pequeña y bella Susana. Resultaba que tenía casi la misma edad y era una buena compañía para los juegos infantiles de la niña de la casa. Cuando se casaron mis padres se fueron a vivir en unas piezas del segundo piso de un edificio que aún existe en la esquina de Molina con Unión Americana. La primera casa que recuerdo quedaba en la calle Cueto. Creo que llegamos a vivir a esa casa cuando sólo estaba Susana, yo y Ximena recién nacida. En esa casa vivía mucha mas gente que arrendaba, igual que nosotros, piezas pequeñas sin baño en las que se arremolinaban los niños. Mi hermana Susana nos sacaba en las tardes a pasear a la más bella plaza que recuerdo, la del Roto Chileno en el Barrio Yungay. Cada día vienes había en la Casa Parroquial de la iglesia una función de cine en las que veíamos películas de Chaplín, el Gordo y el Flaco y Libertad Lamarque. Los niños nos sentábamos frente a la pequeña pantalla sobre el piso del patio central de la antigua casa, cuyas baldosas tenían figuras que siempre me llamaron la atención. Debió ser por ese tiempo cuando por uno de los enroques inexplicables de mi padre, llegamos Susana, Ximena y yo, a vivir al pequeño departamento de soltera que la tía Elba tenía en el subterráneo del mismo edificio en el que trabajaba como recepcionista en la consulta de un médico en calle Agustinas, entre McIver y Miraflores. No recuerdo cómo llegué a ese extraño aposento que estaba siempre pasado a un penetrante olor que mucho después identifiqué como gas de cañería. Un misterio sin resolver, aparte del olor, era cómo podía desaparecer la tía en las mañanas por una puerta que siempre estaba cerrada. El misterio del ascensor lo develamos una vez que mi hermana Susana se atrevió a meternos en el pequeño cubículo y apretar un botón. La sorpresa fue mayúscula cuando vinos que al abrir la puerta apareció la calle Agustinas y un tráfico de vehículos que en la vida habíamos visto. La segunda vez que salimos nos atrevimos a ir más lejos y subimos al cerro Santa Lucía. El siguiente paso fue descubrir desde donde salía el estruendo que nos asustaba cada medio día. Nos hicimos amigos del amable viejito que operaba el cañón que anunciaba las doce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4.-La que me sigue en edad es mi hermana con sus tres nombres: Ximena Luzmina Inés. Luzmina como la abuela materna, Inés como la abuela paterna. No se como caben tres nombres en mujer tan pequeña de tamaño. Con ella anduve enyugado en la infancia y seguimos en la misma ahora que frisamos la cincuentena. Me acusa de vez en cuando de que la obligada a llevarme los cuadernos cuando hacía mucho frío, pero parece que eso no es otra cosa que un mito de la familia. Cuando nos expulsaron de la casa de la Tía Yola, adonde llegamos por esas maniobras que hacía mi padre que nunca resolvió algo permanente donde vivir, fue porque mi hermanita no aguantó mas los malos tratos que le daba, nos daba, una hija de la tía. El tío Chalo, que en su juventud fue una leyenda para nosotros, vivía con una de sus mujeres, tuvo dos con hijos y casa, al interior del Liceo Cervantes, en la calle Agustinas. Era una edificación de un piso, de innumerables habitaciones y pasillos que conformaban un laberinto apropiado para jugar a las escondidas. La tía Yola hacía malabares y chilenitos para sobrevivir con seis hijos. En una de esas escaramuzas de niños, una vez más la hija mayor del tío Chalo, las emprendió contra mi hermana, que ya era pequeña. Con lo que no contaba la prima era que la pequeña Ximena no sólo se defendió, sino que contraatacó con una fiereza desconocida dejando a la prima a mal traer. Nos fuimos caminando por el parque Portales hacia Matucana a tomar la micro Av. Matta 36 que nos llevaría al asilo de la abuela materna, cada uno con una pequeña bolsa donde metimos cuanto pudimos de las ropas que la tía nos aventaba entre gritos y maldiciones, mientras nos empujaba hacia la puerta de calle. Ximena tenía el pelo negro y largo del cual, sentados en los escaños del parque de la calle Portales, yo le sacaba las liendres y piojos al modo de los monos. Llegamos a la casa de la abuela y, tras la expulsión de la casa de la tía Yola, y por la férrea imposición de mi madre, mi padre debió arrendar una casa para juntar a la familia, que a esa altura, ya contaba con cinco hermanos. Así llegamos a la casa de la Santa Edelmira 5325, al final de la comuna de Quinta Normal, con chacras y parcelas por todos lados. La mujer arrendaba su casa por piezas y a nosotros no tocó una cerca de un corral llenos de patos y gallinas que en verano despedían un olor penetrante. Las habitaciones tenían piso de madera y muros de adobes del cual mi madre sacaba trozos de tierra que se comía a escondidas. Ese año fue el campeonato mundial de fútbol en Chile. Esa población estaba al oeste de un predio en el que habían árboles frutales y el bus más cercano se tomaba veinte cuadras más allá. También se podía entrar o salir por la calle Carrascal, caminando por la calle La Frontera, hacia el sur, por donde, de vez en cuando pasaba una micro Diagonal. Las calles de ese barrio eran polvorientas en verano y en invierno lodazales que se mantenían bien entrada la primavera. El ámbito lo dominaba la música de la fuente de soda de El Cuchito. Hasta ahí llegaban cada día los feriantes y los areneros del río Mapocho a saciar la sed de la jornada. Los más conocidos de estos últimos eran llamados Los Caporales, una especie de banda compuesta por varios hermanos y sus amigos que se ganaban la vida pasando arena a las construcciones cercanas. De ese año tengo el recuerdo del primer muerto que vi. La gresca comenzó, como casi todos los días en El Cuchito y se extendió a las calles cercanas. Los areneros usaban su afiladas palas metálicas para defenderse y atacar. Esta vez, uno de Los Caporales, arrinconó a su rival frente a la verdulería de Julio Ramírez y le dio tres o cuatro estocadas con un largo cuchillo. El hombre se desplomó pesadamente frente a la casa de la familia Varas. Una mujer de esa casa que oficiaba de Practicante, salió sólo para constatar que el sujeto había muerto desangrado. Pasó toda la tarde y parte de esa noche antes que una ambulancia recogiera los restos del fatal arenero. Mi madre, embarazada de mi hermano Rodrigo, hacía esfuerzos por mandarnos a la escuela medianamente vestidos y comidos. Nunca nos gustó a mi hermana y a mí, la comida que daban en la escuela porque que olía a garbanzos quemados y la leche siempre estaba ahumada. A lo sumo, aceptábamos el enorme pan que daban en algún momento de la jornada, repartida de un enorme canasto. La higiene era parte de las responsabilidades de la escuela y había un día en que venían a desparasitarnos: nos ponían en una fila y tuviéramos o no piojos, nos dejaban caer un puñado de veneno en polvo en la cabeza sin ningún tipo de protección para ojos, nariz o boca. El único entretenimiento en esa escuela era jugar a la pelota y la fatalidad mayor, que el balón plástico cayera a la casa del lado, donde el viejo Pedro Llanos la rompía sin misericordia, devolviendo los pedazos por sobre el muro. Nunca he olvidado la respuesta que una vez recibí, no se si de un profesor o de uno de mis compañeros más informados, después de preguntar por qué el viejo Pedro Llanos rompía las pelotas en vez de devolverlas: es comunista, me dijeron. A esa escuela llegué a los seis años, después de haber tenido una corta experiencia con la escuela San Lázaro, en Gay con Vergara. Antes había tenido mi fugaz estadía en la escuelita de Quilquén. Ya sabía leer gracias a la paciencia de mi hermana Susana que insistía en enseñarme las letras de los letreros publicitarios por donde pasáramos. El primero que pude leer de corrido, fue el nombre de un bar que estuvo en esos años en Mapocho esquina Balmaceda: Bar Pascualito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5.- La primera reacción de terror que iba a marcar mi profundo rechazo a todo lo que oliera a cura y a iglesia, fue la enorme virgen que había a la entrada de la escuela San Lázaro y el modo en que terminaba el recreo. La imagen de yeso de la Virgen María tenía para mí una actitud que me generaba miedo quizás por las amenazas de mis tías con los castigos divinos, el infierno y los suplicios destinados a los niños que nos portábamos mal. Lo del recreo era más terrenal. Los alumnos, la mayoría corriendo de un lado para otro, debían quedarse completamente quietos, estuvieran en donde estuvieran y en la posición en que se encontraran al momento del desagradable pitazo que daba por finalizado el recreo. Nadie debía moverse, y el que lo hacía, recibía un brutal coscacho de los inspectores y profesores que se paseaban por delante los centenares de niños petrificados, muchos de ellos en un precario equilibrio. Una vez, sin saber de qué se trataba y siguiendo a todos los demás niños que lo hacían con una naturalidad pasmosa, me puse a la cola de los que iban a comulgar en la Iglesia de la calle Ejército. Me resultó una experiencia curiosa recibir una hostia que se deshizo en la boca. Creo que duré no más de una semana en esa escuela. Mi madre había vuelto del campo después de exigir que mi padre resolviera un lugar para vivir, nos fuimos entonces a esa casa de Santa Edelmira, donde vivía la tía Carmen, la que trabajaba de nana en la casa en que llegó a trabajar desde el campo mi madre. El que supiera leer en primero básico no me sirvió de mucho en la Escuela 147. Era una escuela que recibía a los niños de lo que se llama aún El Bajo, barrio arrinconado por el río Mapocho, la droga, la delincuencia y la pobreza. Era frecuente ver y escuchar a profesores amenazados y golpeados por alumnos y alumnos golpeados y amenazados por profesores. Cada año se hacía la celebración del día de la escuela que coincidía o con el 12 de octubre o con el natalicio de Gabriela Mistral, no recuerdo bien. Cada uno debía participar en alguna actividad o competencia. La profesora revoloteaba entre sus alumnos haciendo parejas para la carrera en tres pies. Me tocó de compañero un gordito de pelo muy corto y un jopo en la parte alta de la frente. Yo me até la pierna izquierda y el la derecha. Lo hicimos tan bien que veinticuatro años más tarde, los mismo niños, ahora un poco más crecidos, van entrando a la Penitenciaría, uno encadenado a su mano izquierda y a la derecha el otro, acusados de terroristas por la policía secreta de la dictadura. A la Escuela llegué a primero básico luciendo un mameluco de crea cruda, un corte de pelo adecuado a la oportunidad y la timidez que nunca más me abandonaría, sintiendo el nerviosismo de mi madre de quien iba tomado de la mano. Cuando me soltó sentí una sensación de desamparo similar al que sentiría muchos años mas tarde cuando llegué a innumerables ciudades, usando otros nombres cuando era ya un conspirador profesional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6.- Desde hacía mucho, desde siempre según lo veíamos nosotros, mi padre había trabajado en la Maestranza Central de Ferrocarriles en la ciudad de San Bernardo. Salía aún de noche para atravesar toda la ciudad, hasta la Estación Central desde donde partía el Tren Obrero, así se llamaba, que llevaba a los miles de trabajadores ferroviarios, hasta la cercana San Bernardo. Había comenzado como barredor del taller eléctrico quizás con algo más de veinte años y nunca dejó de ir, pasara lo que pasara, durante cuarenta años al final de los cuales terminó jubilado con el rango de Jefe de Taller, lo que era como la consagración de cualquiera. La Maestranza era para mi padre el templo mayor de una religión llamada trabajo. Prácticamente toda su vida la pasó desde las siete de la mañana, entraba a las ocho, hasta las diez de la noche, horas extraordinarias incluidas, en esos enormes talleres. Llegaba a casa pasadas las once lo que para nosotros, a esa altura ya estábamos todos los hermanos que seríamos, era una alivio. La posibilidad de ser castigados a esa hora, si bien no se descartaba del todo, por lo menos era menos cercana. La obreros de la Maestranza organizaban todos los años una gran fiesta el Dieciocho de Septiembre y a ella invitaban a sus familiares. Organizados en turnos, hacían un recorrido impresionante por las enormes dependencias, nos mostraban las grúas gigantes, las locomotoras, las máquinas herramientas, los pañoles y todas esas misteriosas instalaciones. El tren Obrero, partía de la Estación Central engalanado para la ocasión y hacía su entraba entre pitazos y el repiquetear de su campana. Los viejos ferroviarios esperaban a su familiares con una Maestranza vestida de fiesta, con guirnaldas por todos lados, con largas mesas servidas abundantemente, golosinas para los niños y para los mayores, ponches de frutas hechos en las luminarias de vidrio que eran sacadas de los postes y dispuestas para tan loable fin. A esa altura, la del alcohol, terminaba lo bien que lo habíamos pasado y comenzaba nuestro martirio. Veo a nuestro padre, sin poder afirmarse en pie, doblando sus piernas y cayéndose pesadamente en medio de los rieles a la salida de la Maestranza, mientras no tan lejos se acerca un tren a gran velocidad. Cinco niños tratan de sacarlo de la vía y la locomotora hace sonar su pitazo de alarma. Creo que eso pasó más de una vez y aún tengo dudas si lo hacía por gracioso o si de verdad sufría ese repentino desmayo etílico. Nunca pudimos deshacernos del embrujo que nos produce la pasada por donde estuvo alguna vez la Maestranza. Muchos artefactos que hubo en la casa materna, empezando por el eterno camarote hecho de fierro galvanizado, tuvo su origen en la Maestranza. El pequeño y fiel televisor Antú, regalo del tío Chalo, que por años fue el bien más preciado de la casa, estaba conectado a un aparato, según se dice, invento del padre, que tenía la función de aumentar el voltaje cuando en la tarde éste caía a niveles que impedían ver la pantalla del televisor. Ya cerca de las nueve de la noche la pequeña pantalla disminuía aún más, momento en le cual había que aplicar el aumentador de voltaje, girando una palanca que movía un borne sobre botones de bronce dispuestos en un semi círculo, lo que levantaba chispas azules que eran un espectáculo. Estas caídas de voltaje se debían a que en toda la cuadra no había luz domiciliaria, ni iluminación urbana. En mi casa, que no faltó nunca herramienta ni cable, nos colgábamos del tendido eléctrico de la iluminación pública de la calle de atrás, pasando, con el permiso del dueño, por sobre su casa. A esa altura, mi madre tenía a media cuadra colgada a su propia instalación, lo que generaba la baja de voltaje por el alto consumo para tan precaria conexión. También era normal que el camión de la compañía de electricidad, arrasara con los cables de los colgados. En esas circunstancias entraban en acción mis hermanos: iban casa por casa pidiendo monedas para reponer el cable llevado por Chilectra. Después de juntar algún dinero volvía a casa entre risas. Si había algo que en casa sobraba, era precisamente cable eléctrico. El otro artefacto histórico que vino de San Bernardo, fue el timbre con que las escasas visitas se anunciaban. Había sido el timbre de una locomotora y cuando sonaba nos hacía saltar desde donde estuviéramos por el destemplado ruido de alarma de incendio que generaba. Junto con trabajar todo el día en la Maestranza, mi padre reparaba motores en casa los fines de semana. Pobre de los que por pequeños no podían escaparse. Eran los responsables de encontrar una herramienta que no aparecía por ningún lado y después de castigos varios, y dar vueltas todo lo que se podía en la pequeña casa, resultaba que se le había quedado al maestro en su Maestranza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7.- El Terry arribó en una caja de zapatos a la casa de Santa Edelmira, en la Población Barea de la Comuna de Quinta Normal, pero en la esquina de La Frontera, cuyo número era 5394. Creo que nunca estuvimos tan contentos con la llegada de papá como aquel día cuando dejó sobre la mesa una caja de cartón. Personalmente creí que, en efecto, sería un par de zapatos para liberarme de los que tenía y que ya no daban más. Sin embargo, algo se movió dentro del pequeño envoltorio. Era peludo y de un color café rojizo, de una raza imposible de clasificar y pasó a ser de ese momento nuestro único y más preciado juguete. Su chiste mas celebrado era robarse las bolitas cuando se nos ocurría jugar en el patio, en ausencia de papá. Mi padre nunca nos permitió salir a la calle. Mis amigos del barrio habían creado una red de ayudistas que me avisaban cuando veían venir su silueta enojada. Las veces que me encontró por descuido mío o de mis protectores, resultaron palizas para no olvidar. Para no recordar. Una vez se nos arrancó el Terry para la calle justo cuando iba pasando una micro a una muy respetable velocidad levantando un tierral considerable. Como todo perro inexperto, el Terry enfrentó al vehículo sin tomar las precauciones de canes con cancha en ese deporte. El golpe brutal lo levantó en el aire y lo proyectó muchos metros mas adelante. No murió, pero quedó con una pata trasera inutilizada por siempre. Por esa época sufrí los mayores dolores que he experimentado en mi cuerpo en toda mi vida. Nadie sabe de dónde apareció un chasis metálico de coche de guagua. Con ese armatoste jugábamos llevando a uno mientras otros tiraban al modo de los bueyes. En una de esas evoluciones, tropecé cayendo sobre los fierros de nuestra improvisada carreta. No lo noté, pero uno de las puntas oxidadas se me incrustó en la dura piel de mis pies. Dos días después, el tobillo izquierdo estaba tan hinchado y de un color tan feo que cuando se lo mostré a mi madre puso el grito en el cielo y voló conmigo en un taxi, lo que en esos años era un lujo, hasta la posta infantil del hospital Roberto del Río. El personal médico al verme el pie del color de la betarraga, dudó si amputar la pierna por una gangrena que ya casi llegaba la rodilla. Finalmente, me sacaron con bisturís la parte mas afectada del pie y procedieron a inyectarme tanta penicilina como mi cuerpo podía aguantar, además de una vacuna antitetánica que me hizo dar un grito que se escuchó en la Avenida Independencia. Unos años antes, una vecina me pidió que le fuera a comprar a un almacén cercano. Entre los encargos había un paquete de charqui del que quise sacar un poco, solo un poco, para probarlo. Un perro que pasaba pensó lo mismo y mediante un brutal tarascón me arrebató el encargo y de paso, me mordió uno de mis dedos. Llegué con mi madre al hospital Roberto del Río en el cual me han puesto una serie interminable de inyecciones en el estómago. Creo que fueron veintiuna. La casa a la que llegamos estaba en una especie de comunidad hacinada en un sitio de no mas de ciento cincuenta metros cuadrados en el cual vivíamos cinco familias, tres de ellas mapuche. Como nuestras vacaciones obligadas al campo en Quilquén nos había permitido conocer de cerca la cultura mapuche, sus formas sociales, su comida y algunas palabras, rápidamente nos hicimos buenos amigos con los niños de esas familia. Mi madre tenía amigas y comadres entre las mapuche en el campo y muchas veces visitamos sus casas y no faltó la vez que recibimos alguna reprimenda por no querer comer carne de caballo, enormes sopaipilla fritas en grasa o librillo llenos de porotos de distintos colores. En esas visitas nos volvíamos con sacos llenos de legumbres que los visitados regalaban y con los restos de la comidas que no habíamos querido consumir. La vida en ese conventillo compartiendo el escaso patio con los mapuche amigos nuestros, me significó tener el primer apodo con el cual sería conocido en ese decadente barrio: El Indio. En las piezas de esa comunidad, las que estaban mas cerca de la calle, vivían los Catrileo y los Huenchún, familiares entre ellos, que se comunicaban en perfecto mapudungun. En la piezas del fondo, una pareja de jóvenes mapuche recién casados que no tenían hijos, y a los cuales nosotros queríamos mucho: la Tía Isabel y el tío Tito. Al final del pasillo de tierra, había un pequeño patio también de tierra bruta, en donde estaban las dos piezas, unidas por un pasillo, que constituían nuestra casa. En una pieza vecina a las nuestras, al fondo, vivía la Vieja. Durante los cuatro o cinco años en que vivimos en ese conventillo, la habremos visto, entre todos, tres o cuatro veces. Le teníamos un miedo atávico. Era una anciana vestida de negro que vivía encerrada en su miserable pieza y salía al baño común, que estaba en el patio, solamente en la noche muy avanzada y hacía sus compras cuando no nos veía en el patio. Las pocas veces que la encontramos casualmente, huimos irracionalmente para escondernos. La única vez que yo la vi, iba vestida de riguroso luto, con un velo en la cabeza y no miró para ningún lado que no fuera hacia el suelo de tierra y piedras del patio, mientras yo, paralizado, la seguía con mis ojos sin moverme del lugar en que estaba anclado. Nunca supimos su nombre, ni nada. Nunca supimos de donde sacamos el miedo que nos generaba. Lo único verde del patio de tierra, que se inundaba cuando llovía, era una higuera que se cargaba de frutos. Una vez mi padre hizo una huerta en la cual sembró maíz y porotos. Mientras escarbábamos la tierra para hacer los surcos, encontramos varias manillas de ataúdes, lo que no me dejó dormir por muchos días. El dormitorio que usábamos era de piso de tierra y por techo, sólo fonolitas brutas. De esos años tengo los recuerdos más vivos de lo que después conocería como literatura. Con mi hermana Susana compartíamos cama y antes de dormir, ella me contaba historias que yo podía ver proyectadas, en mi imaginación, en una ventana que siempre estuvo cerrada y que daba al pasillo donde estaba la cocina. A esa casa llegamos, probablemente el año 1966 y nos fuimos el año 1970, con el Terry a cuestas a pesar de que el papá quería dejarlo, antes de la elección de Salvador Allende.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8.-&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;a name="OLE_LINK1"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;font-size:85%;color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;Las piezas con patio de tierra de la casa anterior, fueron cambiados por una sola pieza de madera en la misma comuna, a una veinte cuadras de ahí, en la calle Hoevel 5303 D, que tenía la gracia de ser sólo para nosotros. Quedaba a cinco cuadras de lo que sería la sede de mi Enseñanza Media, el Liceo Nº 19. &lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;color:#cccccc;"&gt;El año setenta, el Gobierno de Salvador Allende resolvió la falta de matrícula en la Enseñanza Media decretando que ningún liceo podía rechazar un alumno. Si no era posible en ese establecimiento, el estudiante debía acudir al liceo más cercano a su domicilio y simplemente matricularse. De esa manera, el cambio que experimenté en un liceo mixto, en el que llegaban personas de todos lados, de distintas condicione sociales y económicas, resultó para el niño tímido y sin roce social, que había vivido en seis casas diferentes, muchas de ellas compartidas con otras familias, que tenia ocho hermanos y vivía en una pieza de 18 metros cuadrados, la obligación de adecuarse a un medio que no conocía. De esa casa de la calle Hoevel tengo dos recuerdos especiales. Los vecinos ocupaban la casa de la esquina, que era el mismo propietario de la nuestra. Don Héctor era un tipo que se dedicaba al saludable oficio de vendedor de mantequilla de campo. También era simultáneamente su fabricante. De vez en cuando le llegaba el pedido de margarina Banda Azul, en varias cajas de cartón. También llegaba el pedido de la harina cruda en quintales y leche el polvo en grandes bolsas. En batidoras usadas en las panaderías, procedía a mezclar en dosis perfectas, los insumos necesarios para crear la más rica mantequilla campesina, la que una vez moldeada y empaquetada en exactos cuartos de kilo en papel mantequilla viajaba a los pueblos del sur, desde los que volvía con claro acento campesino. Era casado con una mujer joven y atractiva y con ellos vivía una hermana de la mujer, también joven y atractiva. Las hermanas, una rubia y la otra morena, tomaban el sol en ropa interior en su patio que se separaba del nuestro por unos hilos metálicos que más eran una formalidad que un cerco de verdad. A mis quince años, la visión casi cotidiana de dos estupendas mujeres en paños menores cortándose las uñas a escaso tres o cuatro metros de mi libido quinceañera, causó verdaderos estragos en mi imaginación. Siempre pensé que a la rubia y a la morena les gustaba calentar al flaco que, con el descaro de la costumbre, observaba sus voluptuosos cuerpos y sus sugerentes y finas ropas interiores, mientras se cortaban y pintaban las uñas de sus pies. Mis malos pensamientos tenían la convicción que el vecino le daba a las dos indistintamente. Nunca supimos si la generosidad del vecino Héctor era por la pobreza que le mostrábamos por sobre el cerco, con mi madre haciendo malabares para resolver la comida, conmigo lavando mi única camisa blanca del liceo, o para pagar nuestro silencio por su negocio de mantequilla del campo. Era un asiduo de las carreras de caballos. Ganara o perdiera, siempre le llevó a mi madre regalos en mercaderías o dinero en efectivo. Cuando abandonó la casa que ocupaba, el dueño nos ofreció quedarnos con ella. Por primera ven en mi vida tenia un dormitorio para mi solo. En realidad la compartí con el pestilente olor a mantequilla de campo que había en todos los rincones. Poco antes del Golpe de Estado y por razones que nunca conocimos, estábamos de nuevo cambiándonos. Yo cada vez pasaba menos en casa. Una porque no había donde estar en esa estrechez y otra porque cada vez tenía más actividad como dirigente del Centro de Alumnos y como militante. También porque cada vez tomaba más distancia a la situación que vivían mis hermanos menores. Mi hermana Ximena se casaría por una imposición brutal de mi padre que nunca entendió eso de pololear. Para él, que un hombre se fijara en una mujer era simplemente porque tenía muy malas intenciones y eso se resolvía con casarse a la brevedad. El marido de mi hermana, mucho mayor que ella, manejaba una micro de la Línea Recoleta Lira. De esa unión nacieron mis sobrinos mayores, Aníbal y Andrés, el primero, por supuesto, el regalón de la abuela. Cuando llegó al mundo, fui al hospital por ver a mi hermana pero no me dejaron entrar. Como pude, me metí en unos laberintos subterráneos hasta dar con un baño que tenía una ventana hacia el patio de hospital contiguo en donde estaba mi hermana. Por pura casualidad, al mirar por una ventana, pude ver a mi sobrino, nacido hacía minutos, sobre el pecho de mi hermana que reposaba de espaldas a la ventana. Pude hablar con ella y ver la cara de conejo de mi sobrino, la misma que tiene 35 años después. Los que nos matriculamos a destiempo, haciendo uso de las disposiciones del Gobierno Popular, parecíamos allegados y se nos miraba con cierto desprecio. Se improvisaron unas salas en el sector dedicado originalmente al casino, de modo que los primeros medios aumentaron desde la letra D, hasta la letra H. Esa fue la segunda parte de mi vida. Vivía en el Liceo. Para los que querían se disponía un almuerzo porque las clases empezaban a las nueve de la mañana y terminaban a las tres. No habían más de trescientos alumnos. La vida de estudiante de enseñanza media la inauguré el mismo año en que asumió Salvador Allende. A un costado del liceo se ubicaba un campamento muy pobre al que le llamábamos Morir Un Poco. Las primeras jornadas de trabajo voluntario la haríamos con esa gente que vivía en precarias condiciones, bastante parecidas a las mías. Fue el tiempo del trabajo voluntario, de la militancia, de los centros de alumnos y de la integración al proceso de la Unidad Popular que no nos dejaba siquiera respirar, de las canciones revolucionarias, del pelo largo, de trenzas de flores en el pelo de las niñas, de las enormes marchas, del Ché Guevara, de la Revolución Cubana, de la guerrilla en Latinoamérica. De pronto me vi envuelto en tanta cosa, que apenas llegaba a mi casa a contarle a mi mamá todo lo que hacíamos en el día. Curiosamente, mi vestimenta históricamente pobre, raída y cosida a mano, no se diferenciaba de la moda que imperaba en esos días. Por esa única vez estuve a la vanguardia. A esa altura, ya mis hermanos habían nacido todos y constituimos una parvada de nueve integrantes, sumados los padres, descontando a mi hermana mayor se había quedado a vivir en el sur, junto con mi hermano Pedro a quienes mi padre había dejado a cargo del Papi Juan, a pesar de las protestas de mi madre. La casa de Hoevel era una simple construcción de madera de tres por seis metros en la cual nos acomodábamos todos mediante el uso de camarotes que mi padre construía con fierro galvanizado usados en el agua potable. En el patio trasero estaba el baño y la cocina que una vez fue incendiada por mi hermano Claudio, mostrando así sus tempranas inclinaciones anarquistas. Al tratar de apagar el amago de incendió casi muero electrocutado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9.- A esa altura, mi llegada a la casa era cada vez menos frecuente. El ingreso al liceo, el primer día acompañado por mi padre, provocó uno de los cambios más importantes en mi vida. La distancia que siempre tuve respecto de mis hermanos, aumentaría; los pocos amigos que siempre tuve en los barrios en lo que vivíamos, desaparecerían; conocería mujeres de mi edad y me interesaría la política. Durante la infancia y cuando ya pudimos escuchar, mi madre nos había contado historias que no entendíamos mucho pero que serían determinantes en nuestras vidas, cuyo nuevo punto de partida era precisamente en esos revueltos días. Mi madre fue una defensora del Doctor Allende y de su gobierno y nos introdujo a la revolución mediante las historias que su padre, el mítico Abuelo Pedro, le contaba en el campo. La llegada de Allende al gobierno fue para mi madre un acontecimientos de los más importante. Fuimos juntos a la primera concentración de la Unidad Popular, la noche del triunfo y volvimos cada uno por su cuenta con la certeza que Chile jamás volvería a ser igual. Lloró cuando escuchó el discurso de Allende desde el balcón de la Fech la noche del triunfo. Por esos tiempos yo ya era militante. Las narraciones que nos hacía mi madre, sus metáforas y chascarros educativos relacionados con los derechos de las personas, la explotación y la revolución, nos habían dado la primera escuela. Especial importancia tuvieron las historias que contaba del abuelo Pedro Cares, que como dije, fue el carpintero del Fundo, del mismo fundo en que mi madre apenas adolescente era la llavera. Mi madre nació en Los Sauces el año 29 y, como todos los niños campesinos de esos años feudales, debió salir a trabajar apenas creció lo suficiente. Esos años se caracterizaron por una gran migración del campo a la ciudad, especialmente a los centros mas poblados en busca de mejores horizontes. Eso explica que los niños y niñas campesinas debían enfrentar desde muy pequeñas labores productivas o administrativas en las grandes extensiones terratenientes de esa zona triguera. La convulsión social que se vivía en esa época, relacionada con la crisis que años antes había experimentado el capitalismo, dio paso a demandas de mejoras económicas y sociales de importantes sectores de trabajadores. Las convulsiones sociales se vieron acentuadas por la Matanza de Ranquil en 1934 y la Matanza del seguro Obrero, en 1938. Ese año gana Pedro Aguirre cerda las elecciones presidenciales, encabezando el Frente Popular. El abuelo Pedro que fue un entusiasta del Frente Popular, se reunía clandestinamente para organizar salidas a propaganda que se reducían a pintar consignas en los muros de las bodegas de la estación ferroviaria. Lo que hoy es una práctica común, en aquellos tiempos de latifundistas de huasca, cepo y derecho de pernada, era considerada una acción guerrillera que se castigaba con la cárcel o el destierro. Mi abuelo, activo partidario de Pedro Aguirre Cerda, fue perseguido por los patrones y la policía, encarcelado y finalmente expulsado del fundo con toda su familia, por lo que debió salir al camino como los miles de cesantes que por esos tiempos caminaban con una linyera a hombro y una barba crecida. Poco después de ser expulsado del fundo, murió el abuelo de una tuberculosis mal tratada. Mi madre recordaba con tristeza que los patrones no lo dejaron sacar sus herramientas las que fueron vendidas al mejor postor poco tiempo después. Una foto de ese tiempo, quizás la única que existe, muestra al abuelo Pedro y la abuela Mina. El abuelo, de corbata, terno y mostachos anarquistas, deja ver su hombro derecho caído por una operación que le extirpó un pulmón. La abuela, con ojos desconcertados, tiene en sus rodillas a la pequeña Blanca Rosa quizás en la plaza de Angol o de Los Sauces. Por eso cuando me integro a militar ya tenía una vocación de rebelde. La entrada al Liceo me cambió la vida por la vía de mostrarme un mundo que no conocía. A esa altura de mis catorce años y con mi hermana menor de dos, desde que tenía memoria, nos habíamos cambiado desde Cueto a Santa Edelmira, en la población Barea, a la esquina de la misma Calle Santa Edelmira con La Frontera, a la Calle Hoevel 4303 D, en la misma comuna, desde ahí a la calle Los Cardenales, en los límites urbanos de la comuna de Conchalí, desde ahí nuevamente a la calle santa Edelmira 5325 sólo por unos meses, para aterrizar por un largo lapso en la calle Costanera Sur 2943, a escaso metros de las aguas insalubres del río Mapocho y con el peso de la noche de la dictadura que terminaría recién el año 1991. La última casa fue la del Pasaje P 2393, a escasos metros de la casa de mi hija Catalina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10.- Debió ser un día de octubre del año 1972, cuando atracó al muelle de Valparaíso un barco trayendo toneladas de leche en polvo. Por entonces los Voluntarios por la Patria, entre otros esfuerzos, despachaba a las panaderías de Santiago sacos de harina para que se hiciera el pan y se deshicieran las colas que tres veces al día, se ordenaban frente a los negocios. El problema de ese día era la necesidad de despejar el muelle de la carga del barco ruso, pero no había estibadores que pudieran hacer semejante tarea. Por esos días venían llegando desde Brasil cientos de camiones Fiat que el gobierno había adquirido en ese país para contrarrestar los efectos del paro de los camioneros que casi ponía de rodillas al país. Pues bien, los hechos eran esos: un barco cargado de leche, centenares de camiones sin peonetas y un contingente de muchachos que repartía harina en los barrios de Santiago. Alguien hizo la ecuación correcta y en minutos simplemente nos acomodamos dos por camión, con bastante incomodidad porque los camiones no tenían el asiento destinado al copiloto. La larga caravana partió a media mañana, después de haberse repartido una cazuela de cordero que las cocineras de la ECA prepararon. Hora y media después, la larga fila de camiones comenzaba en la entrada del Puerto y terminaba bien arriba de la subida Argentina. La sorpresa vino con uniforme azul de infante de marina. No podíamos entrar a descargar el buque porque no éramos cargadores profesionales. Nuestra decisión de no movernos del muelle Prat incomodó al marino que de inmediato reforzó la guardia con personal armado. Minutos después se hizo presente el Intendente de Valparaíso el cual se comprometió con responder si alguno de los ciento cincuenta muchachos sufría algún accidente. Ingresamos corriendo hacia el enorme buque que esperaba con las calderas prendidas a que sacáramos de sus entrañas las bolsas de 25 kilos en las cuales venía la leche que se repartía en los consultorios para que se alimentaran los niños y se rayaran las canchas para los partidos de fútbol del domingo. No sabría decir cómo lo hicimos pero, cayendo la tarde sin haber comido nada más que la matinal cazuela de cordero, cargamos y amarramos el último de los camiones. Era ya de noche cuando se dio la orden de partir. Yo tenía 15 años y podría haber sido el jefe de aquella locura, o pudo ser Víctor Zamorano. A las cinco de la mañana arribó el último camión cargado de leche a la calle Lourdes esquina Mapocho, en el sector poniente de la ciudad. Esa madrugada descargamos cada uno de los camiones y, después de sacudirnos el polvo que nos taponaba los oídos, nos fuimos al local a buscar los cuadernos para ir a clases.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11.- Negro Mario era un soldado que podía oír a kilómetros, olfatear debajo del agua, ver donde no se podía, y encontrar comida entre las rocas. Se llamaba en realidad Reinaldo Gallardo. Ese día martes once en la mañana lo fueron a buscar a su casa. Por cada uno de los extremos del pasaje Alejandro Fierro, entraron, sincrónicos y silenciosos, dos jeeps con militares que al llegar a su puerta, titubearon, discutieron si entrar o no y sin llegar a acuerdo se alejaron raudos, cada uno por su esquina. Nunca supimos qué hacía una patrulla de militares la noche del golpe en la puerta del Negro. Sin embargo, el episodio fue suficiente para determinar salir de ésta y, sin dudar, comenzar a resistir ese algo gris que se instalaba y de lo cual no teníamos en la práctica ni en la teoría, ninguna idea. Fueron los miembros de los Equipos de la Autodefensa de la Jota los primeros que tomaron la iniciativa de comenzar a trabajar clandestinamente bajo ocupación, utilizando métodos conspirativos que por elementales, hoy nos parecen propios de niños de jardín infantil. Esa misma tarde nos hicimos de veinte kilos de dinamita, sin mecha, ni cordón, ni detonante, que un ingeniero asustado, huido de la Universidad Técnica, nos entregó. Negro Mario, que como digo, era un soldado con cara de esclavo huido de alguna plantación de azúcar o de algodón, determinó que había que esconder los explosivos, concentrar a la gente y disponerse a esperar que llegaran las armas. Por suerte no llegaron. O casi no llegaron porque por estas cosas de la vida, esa misma tarde nos encontramos con un pequeño arsenal que había sido llevado a un pequeño campamento por personal que trabajaba cerca del general Prat y estaba constituido por decenas de fusiles Sig, dos ametralladoras livianas, varias cajas de granadas defensivas, detonantes y mecha lenta. Cuando levantamos el piso de la mediagua y vimos semejante arsenal, se me doblaron las rodillas y sentí que era hora de largarme a mi casa y esconderme debajo de la cama. Pero no pude. Más bien, Negro Mario no me lo permitió. Nos volvimos a la Población Paula Jara Quemada en la cual habíamos juntado un número respetable de compañeros que esperaban la llegada en cualquier momento de los fusiles prometidos. De uno en uno, aprovechando el descuido nuestro, los compañeros comenzaron a sentir que de mantenerse en esa casa desocupada, tomada para los efectos de formar ahí una especie de Quinto Regimiento, en breve íbamos a ser víctimas de una desgracia. Por suerte, nunca llegaron ni los fusiles ni los regalitos, que por teléfono se aseguraban. Los compañeros se fueron de a uno en uno a sus casas. Negro Mario, no. Yo, tampoco, por más que quise. Nos fuimos de inmediato a buscar un lugar seguro para ocultar las armas y los explosivos que habíamos encontrado. Entramos a la cancha del Club Nicolás Palacios, que se ubicaba por entonces en la calle Lourdes, de Quinta Normal, frente a los enormes silos de granos de la ECA. De pronto, tiros de fusiles provenientes de las alturas nos obligaron a lanzarnos a tierra y quedarnos inmóviles por algunos minutos. Pasado el peligro y a punto de alcanzar la calle, se deja ver un pato que, planeando sobre el arco sur de la cancha, aterriza bajo el travesaño. Negro Mario, que ya estaba en combate, me dice que eso que vuela es comida y sin decir agua va, le lanza una piedra, destrozándole la cabeza. La primera baja de esa guerra fue un pato casero. Corrimos con el ave hasta la casa de Quico Adasme quien no podía más con el nerviosismo que le provocaba nuestra presencia. La alarma vino cuando un vecino vino a informar, minutos después, que patrullas militares buscaban a dos terroristas heridos que habían ingresado al pasaje. La ecuación tiros de fusil + personas que corren + chorrera de sangre en las baldosas, no auguraba nada bueno. Mas tarde entrábamos, no lejos de ahí, a la casa taller de un personaje salido de la imaginación de Hemingway: mameluco azul, alpargatas, pelo largo y cano, coronado por una boina vasca, fumando cigarrillos que el mismo se hacía con un tabaco que olía a bosta de guanaco. Es el fascismo, dijo, con inconfundible acento español. Si ustedes no luchan, agregó, los van a matar. Se cortarán el pelo, se bañarán, y mañana se irán temprano a buscar a los camaradas y replegarse lo mejor que puedan hasta estar en condiciones de combatir con relativas posibilidades de triunfo. Por fin una voz sensata. Negro Mario perdió su cabellera de esclavo cimarrón y yo, la melena de poeta que me cubría los hombros.&lt;/span&gt; &lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8390492669842136064-7393787225466098061?l=paraelhombresencillo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/7393787225466098061/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8390492669842136064&amp;postID=7393787225466098061' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/7393787225466098061'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/7393787225466098061'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/2008/04/ricardo-primera-parte.html' title='Ricardo (primera parte)'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/R_ygwuG7mpI/AAAAAAAAAB4/7ZcDlOg3uvE/s72-c/vacaciones1bn.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064.post-3460263847296701031</id><published>2007-08-17T23:56:00.001-07:00</published><updated>2007-08-19T00:03:46.009-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Iván Insunza Fernández'/><title type='text'>Iván</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RsaYSBXg9II/AAAAAAAAABU/Ei1qubFBQzI/s1600-h/Ivan+final.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5099931063415796866" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RsaYSBXg9II/AAAAAAAAABU/Ei1qubFBQzI/s320/Ivan+final.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Iván tiene 23 años, pololea hace un poco más de 2 y tiene un hijo de 6 meses. Es actor de profesión y actualmente se encuentra cursando un Magíster en Dirección, junto con dar clases de este arte en un colegio de Santiago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nació un 14 de febrero en el Hospital “Salvador”, siendo el hijo menor de dos hermanos. “Crecí entre las buenas amistades, las sopas con fideos que había que acompañar con pan pa’ que cundiera, pichangas de fútbol en las que nunca me destaqué, el cariño de mi familia, más de algún conflicto anecdótico con los pacos, habituales conflictos en el colegio, las graciosas crisis de personalidad de vivir en el barrio alto, pero ser un niño de clase media con profunda apatía por el cuiquerío que me rodeaba… las idas al estadio, el recorrido por distintas corrientes musicales, el pelo largo, el pelo rapado, pantalones anchos, pantalones ajustados, pero nunca pantalones de marca”. Tal vez fue esa misma estrechez en lo material, acompañada del calor de su familia y sus amistades, lo que fue concibiendo desde pequeño la personalidad de Iván.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así comenzó a transitar entre la niñez y la adolescencia, con todos los vaivenes que esto supone. “Hasta hoy no comprendo mucho eso de la ‘madurez’, creo que más bien la cosa gira en torno a la ‘estupidez’ y esa hay quienes no la superan ni en la tercera edad”. En ese caminar, de a poco y con mucho esfuerzo, se fue ganando varios de los estigmas que se usan en los colegios: conflictivo, conversador, contestador, en definitiva desordenado, aunque con el tiempo se dio cuenta de que todos aquellos descalificativos que le colgaron eran más bien tremendos piropos a la personalidad que comenzaba a acuñar. En su hogar lo más problemático de esta situación era hacer faltar a su mamá al trabajo, con alguna ‘citación al apoderado’ del colegio, ya que “por suerte, siempre me entendieron y compartieron conmigo los cuestionamientos a una educación que rara vez se ocupó de mis potencialidades”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tales situaciones fueron forjando en Iván, poco a poco y a punta de impotencia, un fuerte sentido crítico acerca de lo que lo rodeaba. “Jamás entendí que reírse fuese un acto que mereciese castigo, bueno hasta hoy no entiendo que alguien se sienta con tal grado de posesión de la verdad como para ejercer un castigo sobre alguien más”. Ya en la adolescencia se comenzó a ver los primeros bosquejos de su visión de mundo, se acentuaron los conflictos en el colegio, aparecieron algunos con su familia, con algunos amigos y a la larga incluso consigo mismo. “Me saqué las etiquetas que traemos todos ‘por defecto’, de ser medio patriotero, arrebatado y bueno pal’ gueveo… me fui convirtiendo en alguien que entendió la importancia de un buen argumento, del lenguaje, en alguien que no soportaba el abuso, el castigo, la injusticia, la tontera… aunque debo reconocer que no superé lo de bueno pal’gueveo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Producto de este “nuevo perfil” de Iván, comenzó a interesarse por la filosofía y la música, mezclando esto con esa rebeldía que seguía hinchándose dentro de él, y terminó convirtiéndose en una extraña mezcla perfecta entre “Punk” y “Hippie”. Así es como Iván se destacaba por un lado, con su rojo y alto mohicano, la chaqueta con tachas, remaches, parches, rayados y clavos, el pantalón ajustado y bototos pintados, pero por otro promocionaba en cada conversación que podía la libertad, el amor, el respeto, la solidaridad y la amistad. Pero no estaba solo en este afán y se acompañaba por fieles amigos que, de una u otra forma, andaban en lo mismo. “Así terminamos por formar de manera definitiva nuestra banda ‘Pensamiento Ilícito’, de la que era vocalista… tocamos en los sucuchos más pasados a pichi de Santiago y a veces Valpo, incluso nos hicimos nuestro pequeño grupo de seguidores…”. Pero luego de varios tira y afloja terminó por abandonar la banda, ya que básicamente no le satisfacía tocar para un público que muchas veces confundía rebeldía con borrachera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al dejar el colegio las circunstancias le demostraron las fortalezas y debilidades de sus amistades, empezó a estudiar Cine y afirmó la relación con sus papás al demostrarles con sus estudios que lo que no le acomodaba era el modelo rígido del colegio. Fortaleció también la relación con su hermano mayor, el que de a poco se metía en las mismas tendencias suyas. “Así dejaba atrás una etapa llena de cosas buenas y otras no tanto, tuve lindos pololeos, de esos que te llevan a encerrarte en la casa los viernes por la noche y que hacen que te ganes el reproche de tus amigos… tomé vino en caja, disfruté de fogatas, logré tocar guitarra y entender a mi manera ese paradigma que te meten a martillazos en los días de escuela”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya enfrentando esta nueva etapa decidió cambiar de carrera: ahora quería ser actor, pero no para andar a ‘pata pelá’, fumar marihuana y carretear como enfermo, sino para llevar a un extremo esa inquietud creativa y política que se había tomado sus acciones. “Comencé a estudiar y no llevaba ni un semestre y vino ese ‘accidente’ poco accidental que marcó mi vida y casi marca mi muerte…”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sábado, 25 minutos pasadas las 20:00 horas de la noche. Caía la oscuridad en la capital y se acercaba acelerada hacia Iván. Ya con un look mucho más sosegado, aunque fiel a lo anarquista de sus pensamientos, caminaba por el centro de Santiago para juntarse con unas compañeras del instituto para ir a ver una obra de teatro, pero algo le impediría llegar a tiempo al lugar acordado. Fue interceptado por más de 10 skinhead nazis, delincuentes escudados en ideales poco comprensibles, los cuales dejaron caer sobre él un nacionalista ataque. “De lejos caché que había un pelado con pinta de malo parado en un paradero pero no pesqué... nunca fui de armar atados, no me interesa a ese nivel por lo menos... la cosa es que cuando pasé por el lado el tipo me hizo una sancadilla, yo no pesqué y seguí caminando, pero avanzados unos metros sentí un ejercito de pisadas deteniéndose detrás de mi... creí que me golpearían como nunca, pero fue algo más que eso…”. Lo golpearon, insultaron y apuñalaron en el corazón y la espalda. “Al principio creí que sólo eran golpes lo que estaba recibiendo y sólo descubrí lo extremo de la situación al ver brillar en la mano derecha del tipo una especie de mariposa”. Ante tal encerrona y sin entender mucho de lo que pasaba, Iván logró forcejear y sacarse de encima a sus agresores y corrió como nunca, con su mano derecha presionando en su pecho, que dolía por una herida que no consiguió dimensionar hasta que retiró momentáneamente su mano y se percató que tenía su torso convertido en un charco de sangre… Como dice Iván, lo dejaron “con el corazón tirando sangre para todos lados, menos a donde correspondía”…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Logré correr hasta el metro, cagado de susto y con la adrenalina a mil, sentía que en cualquier momento me agarraban de nuevo y ya no me soltaban. Bajé y pedí ayuda a un guardia, que al ver mi cara de pánico y manos enrojecidas por la sangre rápidamente me prestó ayuda… esperé ahí parado la llegada de los paramédicos y me propuse no dormirme ni desmayarme hasta estar en pabellón…” Iván sabía que si eso pasaba iba a morir, por lo que decidió aferrarse a la conciencia y de esta forma a la vida. “Al salir de la salita donde me auxiliaron en el metro, ya en camilla y con toda la parafernalia, logré llegar a tiempo a juntarme con mis compañeras, claro que no estaba en condiciones de ir a ver ninguna obra”. Ellas se acercaron a la camilla sin entender mucho de lo que pasaba. Creían que Iván se había torcido un pie o que sencillamente era una broma, pero esa impresión duró solo instantes y los llamados a familiares y amigos comenzaron a correr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en la ambulancia Iván hacía de todo para colaborar con el paramédico, claramente que no por solidaridad con el trabajo de aquel hombre, sino por el miedo a morir y las ganas de continuar con vida. “Preguntaba sobre como respirar, que hacer y que no y el tipo sólo me repetía nerviosísimo - tranquilo, tranquilo –“. Al llegar a la unidad de Urgencia de la Posta, los doctores de turno esperaban a otros heridos, por lo que al ver a este joven conciente y sin dificultades se resistían a atenderlo, mientras el paramédico insistía en la gravedad de la herida. Iván entonces comenzó a aplicar sus primeros aprendizajes de actuación. “Caché que no me querían atender por sanito, así que me propuse parecer grave e inconsciente… comencé a simular un desmayo y algo de dolor”. Iván simulaba para ser atendido y lo consiguió: en seguida comenzaron los procedimientos, las preguntas sobre drogas y alcohol y el despojo de su ropa. “El doctor no podía creer que no consumiera nada, me debe haber preguntado unas diez veces… después vino la parte en que yo era los contenidos de una clase o examen de un alumno de medicina de la Católica… y yo pensaba – si el chico no sabe hágalo usted doctor, pero no perdamos tiempo –“.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así fue, directo a pabellón y sólo salió de su letargo cuando despertó de nuevo en el mismo lugar. “Fue como un ‘deja vou’ pesadillezco… después supe que fui operado dos veces…como en ese tiempo además de no tomar estaba haciendo ejercicio y comiendo bien, creo que favorecí considerablemente mi heroica auto conservación”. Iván está consciente de que fue afortunado, y que lo que le ocurrió fácilmente pudo terminar de peor modo. “Los doctores hablaban de milagro y estadísticas escalofriantes sobre la sobrevivencia en los casos de ‘penetrantes cardiacas’… así fui tomándole el peso al asunto, además de que me conocían en toda la posta como el que llegó muriéndose, hasta se extrañaban de verme con vida y recuperándome”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En definitiva, este hecho significó para Iván “10 días hospitalizado, una cicatriz de medio metro en mi pecho, ninguna denuncia y paranoia de por vida, pero por suerte mi tolerancia quedó intacta… el tiempo ya dará a cada cual lo suyo”. De todos modos Iván confiesa que hasta hoy se asusta al ver bototos militares, chaquetas de aviador o banderas chilenas, “sobre todo ahora que uno ya no sabe si son nazis, patriotas, anti-nazis, comunistas o simplemente hueones que no cachan ni una… hay de todo en el reino de la demencia neoliberal”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Superadas las secuelas físicas de este viaje de ida y vuelta por la vida y la muerte, Iván continuó con sus estudios de actuación, destacándose por su amor por cada una de las cosas que hacía. “Siempre me fue bien, aunque no siempre fue una experiencia agradable… hice algunos buenos amigos y forjé mi idea temprana del teatro y el arte”. Pero su carrera terminó con algo más que buenos resultados académicos. “Casi al terminar conocí a mi actual pareja, que con el tiempo y sin haberlo planeado se convertiría en mi compañera y la madre de mi hijo…si mi hijo…”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iván saca cuentas y está casi seguro de que este niño es un “hijo del paro”, pues las fechas coinciden con las de la Revolución Pingüina y para él todo tiene una explicación: “todo en el país estaba como acalorado, el debate, las manifestaciones en las calles, nosotros y hasta los anticonceptivos que se descompusieron y perdieron sus propiedades preventivas…” No es fácil para una pareja de veinteañeros, quienes aún no concluyen sus estudios, darse cuenta de que en poco tiempo serán padres. Implica replantear muchas cosas, tomar decisiones y escoger ya no pensando solo en aquel egoísmo propio de la juventud, sino en el bien de una familia en formación, pero Iván al parecer ya estaba preparado. Tampoco es fácil comunicar la noticia en los hogares de los futuros padres bajo esas circunstancias, pero “por suerte no hubo rollo con las familias ni nada… todo fue alegría y chochería”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Hoy mi hijo tiene casi 6 meses y es una criatura adorable, bueno todos dirán lo mismo de sus hijos, pero el mío de verdad es adorable (risas)”. Continúa con “la Jesu”, su pareja, y se gana la vida actuando en algunas cosas para la televisión, otras para cine, haciendo clases en colegios y dirigiendo teatro, por ahora, con buenos resultados en festivales y concursos teatrales. También ha explorado en la música, con un género poco convencional que se podría definir como trova anarquista, con lo cual de manera absolutamente independiente ha editado dos discos: “Puñaladas de Silencio” (2006) y “Cicatrices y otro Inventos” (2007).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;“Espero tener una pega estable en la tele o algo así para pañales y algunos gustitos, pero bueno, el tiempo ya dirá… sigo intentando entender por que chucha el mundo está tan patas pa’ arriba y continúo tratando de ser parte de una opción distinta, hasta hoy no me convence comer en el McDonalls, usar corbata obligado, respetar símbolos y modelos a priori, ni resignarme a la barbarie del capitalismo actual, pero dentro de todo soy feliz… sí, a veces me desvelo, pero a mis 23 años soy feliz…”&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:Verdana;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object width="200" height="20"&gt;&lt;param name="movie" value="http://static.boomp3.com/player.swf?id=725e273a238c"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://static.boomp3.com/player.swf?id=725e273a238c" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="200" height="20"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8390492669842136064-3460263847296701031?l=paraelhombresencillo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/3460263847296701031/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8390492669842136064&amp;postID=3460263847296701031' title='7 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/3460263847296701031'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/3460263847296701031'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/2007/08/ivn.html' title='Iván'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RsaYSBXg9II/AAAAAAAAABU/Ei1qubFBQzI/s72-c/Ivan+final.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064.post-754153721235898833</id><published>2007-07-17T09:20:00.000-07:00</published><updated>2007-08-18T00:15:07.533-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Jorge Correa Rozas'/><title type='text'>Jorge</title><content type='html'>&lt;object width="200" height="20"&gt;&lt;param name="movie" value="http://static.boomp3.com/player.swf?id=f13d63ec44cc&amp;autoplay=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://static.boomp3.com/player.swf?id=f13d63ec44cc&amp;autoplay=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="200" height="20"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RqQ8FvnA5WI/AAAAAAAAAAk/yFFMqZCkUYg/s1600-h/Sin+tÃ&amp;shy;tulo-Cosido-14.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5090259548212618594" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RqQ8FvnA5WI/AAAAAAAAAAk/yFFMqZCkUYg/s320/Sin+t%C3%ADtulo-Cosido-14.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#666666;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge tiene 33 años, es casado y tiene 2 hijos (de 13 y 2 años). Es un hombre que ha logrado sacar a su familia adelante trabajando según los azares que la vida le ha presentado, esos que lo tienen hoy convertido en algo así como un “asistente universal” en una empresa, realizando labores de limpieza, cocina, atención de público y carpintería, lo que compatibiliza con la completación de estudios de enseñanza media desde las 19.30 horas hasta las 23.15 de lunes a viernes… “Es sacrificado, pero vale la pena”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Nació en un día de otoño, siendo el menor de 6 hermanos de una familia humilde y sencilla. Quizás por nacer en aquella fría estación del año, Jorge conoció desde pequeño los rigores de una vida marcada por las dificultades y el esfuerzo. “A los 9 años empecé a trabajar. Mi papá me llevaba a trabajar con él en un restorant. Juntaba mi plata y le daba a mi mamá… Cuando yo era chico, mi papá se tomaba toda la plata y mi mamá trabajaba puertas adentro. Su plata era para la once, pero no alcanzaba… Yo siempre fui delgado porque me alimentaba muy mal, siempre andaba con hambre... De hecho me acuerdo que tenía un amigo que jugaba conmigo en la plaza y yo le decía que le pidiera pan a su mamá…”&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Así llegó su primer día de clases. Jorge recuerda que no tenía ropa para ir al colegio, por lo que su madre “transformó” un chaleco de su hermana: le sacó los botones y lo cosió al medio. Además tenía sólo una camisa. “Una vez se me descosió una manga y como nadie me la podía coser, yo la corté. Y andaba con una sola manga debajo del chaleco, pero nadie se daba cuenta...”&lt;br /&gt;Al advertir su situación, otro niño decidió ayudarlo. “En 2º básico, no me acuerdo porqué, pero siempre esperaba a un compañero en la entrada del colegio, y él, todos los días, sagradamente me llevaba un pan para mi colación…” Jorge hace poco tiempo recordó este episodio y lo conmovió profundamente: “…Lloré mucho… Ahora creo que el debe ser un buen hombre y que Dios lo debe haber premiado por lo que hacía conmigo…”&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Considerando que Jorge tenía 5 hermanos y que el dinero nunca era suficiente, mucho de lo que para otras familias es habitual, para ellos no lo fue… “En séptimo básico, cuando tenía 13 años, me celebré mi propio cumpleaños… mandé a hacer una torta, me compré ropa e invité a todos mis compañeros del colegio… Era la primera vez que tenía una torta en frente y pude soplar las velas. En mi casa nunca nadie me había celebrado el cumpleaños…”. Este gesto refleja la lucha de Jorge por tener una mejor vida, lo cual lo llevaría a buscar su independencia tempranamente. “Me fui de mi casa a los 16 años a vivir con una familia amiga… ellos tenían mejor situación y me ayudaron… en la navidad de ese año una de las hijas de la familia me regaló una polera blanca… yo anhelaba tener una polera blanca, porque nunca había tenido una.” Esta familia lo ha acompañado hasta el día de hoy, tanto así que uno de sus integrantes es actualmente su jefe y padrino de su primera hija.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge luego de vivir un año con esta familia, optó por regresar a su hogar, pero esto no fue todo lo feliz que hubiera esperado. “Cuando decidí volver a mi casa, a los 17, mi mamá no estaba muy contenta porque había vuelto, ya que significaba más gastos y menos espacio en la casa”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge durante toda su adolescencia fue muy bueno para “pololear” “me gustaba un niña y me enamoraba al’tiro”, pero a los 18 años estaba pasando por un momento muy especial en su vida en el que “había decidido no andar con nadie”. Fue en ese momento, y hace 15 años ya, que vio por primera vez a su actual señora. Se encontraba en una presentación de su grupo musical cristiano, en donde él era el baterista. “Ella me llamó la atención al’tiro, y no sé porqué, ya que no andaba tan arreglada, pero igual me llamó la atención”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;La segunda vez que la vio, fue en una reunión de jóvenes cristianos. Tampoco tuvo contacto con ella en esa oportunidad. Luego de eso, Jorge se enfermó y durante una semana no pudo asistir a esas reuniones que le permitirían verla. “Lo bueno es que después me la presentaron y comenzamos a ser amigos”. Ella, en ese tiempo, tenía varios admiradores que le decían que Jorge no era un buen hombre para ella, que no le convenía. A pesar de eso, “nos enamoramos”. Ella estaba en segundo medio y él en primero medio, ya que había repetido sexto básico.&lt;br /&gt;Jorge vivía con sus padres y ella solamente con su madre, su padre había fallecido. “Si hubiese estado vivo el papá de ella, yo no hubiese existido en su vida porque tenían una buena situación económica”. Sin embargo, y “por esas cosas de la vida, ella quedó embarazada al poco tiempo después”, tenían 17 y 19 años. Cuando supieron la noticia, Jorge le dio todo su apoyo y le dijo que estaría con ella siempre, por lo que decidieron casarse de inmediato y formar una familia.&lt;br /&gt;A pesar del rechazo inicial de las familias, el 1 de julio de 1994 se casaron por la iglesia y también por el civil. “Lo único que queríamos era que pasara luego todo ese momento por todo lo que fue y lo que significó”. Para ellos, la situación era muy complicada “porque éramos de la iglesia (Evangélica) y sentimos que le habíamos fallado a Dios”. Sin embargo, toda la comunidad cristiana los acompañó y ayudó en todo lo que podía. “La gente de la iglesia nunca nos dijo nada y siempre dimos la cara y nos ayudaron mucho”.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge y su pareja no tenían nada al momento de casarse. Se casaron con anillos que su hermana les había prestado. “Yo solamente le podía ofrecer una cama, un velador y una cómoda. Eso era todo lo que tenía”. Él pensaba que el mundo era distinto y aún no entendía todo lo que le estaba pasando. “Era muy flojo, nunca le tomé el peso a estar casado, era tan inmaduro y tan irresponsable. Pensé que con un trabajo podía darle todo, podía conseguir una casa. Pero lavaba loza en un restorán y ganaba sólo $62.000 y me di cuenta que no era así. Que con esa plata no podía vivir”. Incluso, Jorge se sentía tan desorientado que “iba todas las semanas donde un amigo para que me orientara, él me ayudaba mucho psicológicamente y me disciplinaba porque estaba muy mal por lo que había pasado”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Por lo anterior, durante los primeros años, Jorge y su mujer debieron vivir en la casa de ella, en una pequeña pieza. Los dos abandonaron sus estudios en el colegio. Ella nunca trabajó y él trabajaba en un restorán lavando loza y que luego de unos meses, “me dieron la posibilidad de trabajar como garzón y me subieron el sueldo”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Debido a que no tiene los estudios básicos para desenvolverse en el mundo laboral, muchas veces ha tenido que aceptar cualquier oferta de trabajo que se le presente. La necesidad de tener una fuente de ingresos que le permitan vivir dignamente a él y a su familia lo ha obligado a trabajar en distintos rubros. “Trabajé de chofer de radio-taxi, chofer de camión, fui garzón, barman y mueblista. También estuve a cargo de un pool, de una fuente de soda, animo cumpleaños los fines de semana, etc.” Se extiende de lo anterior, que la cantidad de experiencias crudas que tiene a su haber, son infinitas. “Una vez, trabajé de repartidor de pizza part time, de 12 a 5 de la tarde, pero por la distancia, tenía que salir como a las 11 de mi casa, por lo tanto, no alcanzaba a almorzar. Y los dueños no eran muy dadivosos y no se preocupaban de ese tipo de cosas. Anduve un tiempo sin almorzar ningún día de la semana, hasta que la persona que llenabas las cajas se dio cuenta de eso y todos los días me dejaba entremedio de las cajas de pizzas, un sándwich para que almorzara, porque la plata no me alcanzaba para comprarme algo”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;También, hace 17 años comenzó a trabajar con niños, creando un personaje infantil, el Payaso Yoyito, a través del cual desarrolla “una labor educativa y valórica, participando en muchos eventos de empresas, visitando regiones del país, grabé un cassette y un CD infantil, y ahora voy por el segundo CD que el lanzamiento es a fines de este año”. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Pasaron los años y vinieron nuevos desafíos. Es así como su mujer decidió terminar el colegio de noche. “Luego de 3 años logró sacar su cuarto medio”. Jorge cuenta que se demoró mucho porque tenía muchas inasistencias debido a que tenía que cuidar a su hija. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Un par de años después vendría el gran reto para Jorge y su familia: construir su propio hogar. La inspiración de esto nace a partir de dos hechos que marcarían profundamente a Jorge: “Un día estábamos en una reunión de jóvenes cristianos y la persona que dirigía dijo: ‘hoy Dios va a hacer algo importante con alguien’. No dudé que ese alguien era yo… pasé adelante y no paraba de llorar… sentí y me di cuenta que la pobreza es opcional, porque en cualquier momento uno la puede echar de su vida y se va. La pobreza es un espíritu y ese espíritu tiene que irse… no solamente la pobreza material…” El segundo momento decisivo vendría luego de que un compañero de trabajo del restorán, lo invitara a su casa a compartir con él y su familia. “Yo me sentía igual que él, trabajábamos en lo mismo, ganábamos la misma plata, pero él ya estaba construyendo su propia casa”. Esa era la diferencia. “Pedí un préstamo y comencé a hacer mi propia casa. Nos demoramos tres o cuatro años en terminarla”. Fue una tarea muy larga y de mucho esfuerzo, pero finalmente le pudo dar una casa a su mujer y a su hija. No fue tan fácil como el creyó en algún momento de su vida, pero finalmente lo consiguió. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Considerando que una etapa en sus vidas ya había terminado, Jorge y su mujer querían seguir con sus sueños de formar una familia y decidieron tener otro hijo, al cual ahora podrían ofrecerle mejores posibilidades en su vida. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;La mujer de Jorge siempre ha esperado tener más en la vida y surgir a pesar de todo lo que han vivido, por lo que, actualmente, es estudiante de pedagogía con mención en religión evangélica en horario vespertino. Jorge, apoya incondicionalmente a su esposa en este proyecto. “Le doy más de la mitad de mi sueldo a mi señora para que estudie”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Quizás motivado por el ejemplo de su esposa, Jorge ha decidido superarse y luchar contra todos las limitaciones sociales a las que se enfrenta día a día y actualmente se encuentra estudiando en el colegio. “En marzo de este año decidí sacar el colegio. Estoy cursando primero y segundo medio…” El tiempo que se demoró en retomar sus estudios se debe principalmente a miedos e inseguridades que la pobreza alojó en él. “Antes, yo arrancaba del estudio porque pensaba que no me la podía, y quería estudiar cocina para evitar el colegio. Pero ahora, después de conversaciones con amigos que me han ayudado mucho, creo que soy capaz de hacer mucho más por mi vida y por mi familia. Ahora sueño con un futuro mejor y creo que hasta puedo ser profesor, porque me encantan los niños y tengo muy buena relación con ellos”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge no tiene intención alguna de inspirar pena hacía él con su relato. En cambio, desea que esta historia sirva para que otras personas se den cuenta de que a pesar de las dificultades y tropiezos, siempre se puede torcer el destino. “Hay mucha gente que es pobre porque le gusta ser así y porque tienen ‘mente pobre’. La gente pobre está convencida que así está bien”. Jorge cree en un cambio de mentalidad. “Antes creía que los trabajos que tenía eran importantes para mi vida, ahora no. Ahora sé que son un medio para poder sacar mis estudios, el colegio…y después poder ser un profesional…quiero ser alguien en la vida… me he dado cuenta que hay algo más allá de lo que a mis 33 años había descubierto…creo que ahora ya no hay límites…con el estudio se amplia el horizonte”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;Jorge también entiende que el pasado, la niñez y los vínculos que se desarrollan a lo largo de toda la vida, tienen mucha incidencia en la forma en que las personas nos enfrentamos al mundo. “Quizás todo esto se debe a nuestro pasado, a como vivimos, a las carencias que tuvimos, a las vivencias que tuvimos como familia. Cuando niños, mi señora y yo, fuimos muy marcados, mi señora por la muerte de su padre y yo con un padre alcohólico casi inexistente. Mi infancia fue terrible, pero no me gustaría recordar eso”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;"&gt;&lt;strong&gt;“Lo que me he dado cuenta ahora es que&lt;br /&gt;la familia para un ser humano es lo más importante…&lt;br /&gt;hay muchas familias donde no se entrega amor…&lt;br /&gt;hay muchas familias, pero hay pocos hogares…&lt;br /&gt;en el hogar abunda el amor…&lt;br /&gt;y yo estoy completamente seguro que tengo un hogar…”&lt;/strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8390492669842136064-754153721235898833?l=paraelhombresencillo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/754153721235898833/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8390492669842136064&amp;postID=754153721235898833' title='4 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/754153721235898833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/754153721235898833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/2007/07/jorge.html' title='Jorge'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RqQ8FvnA5WI/AAAAAAAAAAk/yFFMqZCkUYg/s72-c/Sin+t%C3%ADtulo-Cosido-14.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8390492669842136064.post-1373279556206806118</id><published>2007-06-22T09:22:00.000-07:00</published><updated>2007-07-22T22:13:49.073-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Carlos Vega Pizarro'/><title type='text'>Carlos...</title><content type='html'>&lt;object width="200" height="20"&gt;&lt;param name="movie" value="http://static.boomp3.com/player.swf?id=72d0784122bd&amp;autoplay=1"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="wmode" value="transparent"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://static.boomp3.com/player.swf?id=72d0784122bd&amp;autoplay=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="200" height="20"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RnyBSZ3pZgI/AAAAAAAAAAU/LjvlpWxnpiQ/s1600-h/Sin+tÃ&amp;shy;tulo-Cosido-08chico.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5079076632948991490" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RnyBSZ3pZgI/AAAAAAAAAAU/LjvlpWxnpiQ/s320/Sin+t%C3%ADtulo-Cosido-08chico.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Carlos tiene 61 años, está casado “pero no amarrado”, tiene tres hijos (de 35, 29 y 23 años), tres nietos y uno en camino. Es profesor, comunista, “aunque ya no militando” y toda su vida ha participado en los movimientos sindicales de su gremio, como dirigente, porque “un hombre que no tiene ideales, no es un hombre”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nació un día de Septiembre de 1945 siendo el menor de 3 hermanos. Sería precisamente ese mes el que marcaría episodios de su vida. Una vez egresado de la Escuela Normal donde estudió Pedagogía, obtuvo su primer nombramiento en la Escuela de Menores de San Bernardo, donde trabajaba con jóvenes marginales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto llegó la noche más larga en la historia de Chile y también de Carlos. El día 11 de septiembre de 1973 acababa de cumplir 28 años. Ya estaba casado y su hija tenía solo 2 años. Trabajaba como profesor en la población José María Caro y a la vez estudiaba Publicidad y Pedagogía en dibujo y audiovisual en la Universidad Técnica del Estado. Fue a dejar a su esposa hasta el paradero, donde se separaban cada mañana para ir a trabajar y estudiar. “Esa fue la última vez que la vi por a lo menos un mes”. Luego se dirigió a su universidad. Precisamente en aquel recinto lo sorprendió el Golpe de Estado, preparando una actividad antifascista donde el Presidente Allende sería el principal orador; “En el partido se pensaba que ahí anunciaría un plebiscito. A las seis de la tarde supimos de la muerte del compañero Presidente”. Como parte del centro de alumnos y único militante del Partido Comunista (el resto era de las Juventudes Comunistas) le tenían un mayor respeto, “aunque ahí no habían rangos”, por lo que se le encargó un grupo de 10 alumnos a su cuidado. “Yo tenía instrucción militar básica, pero aún así tenía mucho miedo, aunque nunca lo quise demostrar”. Había más de 400 personas entre alumnos y profesores, entre ellos Víctor Jara. Estaban rodeados por marinos y carabineros y lo sabían, por lo que se separaron los distintos grupos. “Hubo muchos compañeros que los vi por última vez en ese instante, aunque uno no dimensionaba realmente lo que pasaba, lo que venía...”. Su primer gran impacto: “Entre nosotros había un periodista que lo llamábamos ‘Salvaje’ por su apariencia. Aquella noche hablé con él y estaba muy preocupado porque no sabía nada de su mujer y sus hijos, estaba muy nervioso. Sobre las diez de la noche escuchamos un helicóptero por sobre la universidad con focos. El ‘Salvaje’ ya se había rasurado con una hoja de afeitar y había hablado hace minutos con su esposa, por lo que me dijo que estaba mucho más tranquilo. Corrió afuera para tomar fotografías al helicóptero bombardeando la universidad... ahí lo acribillaron...”. Con su grupo se metió en una sala y a los pocos minutos comenzaron a llover las balas, que además rebotaban en los muros, por lo que tuvieron que huir de allí. Se dispersaron y en un momento se quedó solo en una sala. Fue la primera vez que sintió la muerte, por lo que decidió intentar dormir, “como forma de huir, de escapar de eso”, porque era fundamental para él la llegada del día. Despertó de pronto esperando que ya sea la mañana, pero al ver la hora se hizo consciente de la larga noche que le esperaba; era la una y media de la madrugada. Luego se reunió con otros compañeros hasta la llegada del día y de los militares. La noche fue un infierno, sin nada para atender a los heridos y sin armas. A las siete de la mañana los soldados ingresaron y los tiraron al patio central. “Nos golpearon, nos pisaron, nos escupieron y no tuvieron ningún reparo con mujeres y hombres mayores”. Los subieron a los buses y los llevaron al Estadio Chile.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La experiencia fue terrible, sobre todo en el Estadio Chile”. Con un micrófono el comandante Manríquez, a cargo del estadio, leía las noticias de El Mercurio y se burlaba de la muerte de Allende. Un compañero se levantó y gritó “Muerte al fascismo, viva el compañero Salvador Allende, viva la Unidad Popular”. Manríquez se le acercó lentamente y lo fusiló. “Aunque trates de prepararte para algo así, te toca. Son cosas que te marcan...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las rutinas en el Estadio Chile eran las noticias en las mañanas y los constantes traslados de galerías completas, manera de infiltrar a colaboradores entre los detenidos. En esa misión sorprendió a compañeros de universidad e incluso a un profesor de Sociología. “Ahí se ve lo bajo que puede caer un ser humano”. Las comidas se entregaban una vez al día y nunca alcanzó para más de una galería, pero con los constantes cambios hubo algunos, entre ellos Carlos, que no comieron en cinco días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carlos recuerda un episodio con un ‘boina negra’, previo a su primer interrogatorio. Pasó caminando el soldado frente a él y le pegó por no mirarlo a los ojos. Carlos se levantó y lo miró de frente, “para no olvidarlo nunca y lo vi invadido, presionado”, por lo que lo volvió a golpear, esta vez por mirarlo. Intervinieron otros compañeros y profesores de la Universidad Técnica y les pegaron a todos. “Yo los comprendo, son bestias y estaban en sus días de furia”. Luego vinieron tres interrogatorios en ese estadio. En aquellos había dos soldados, uno muy violento y otro que “se hacía tu amigo, que te decía que hablaras para que te dejen ir”. El primero fue con Manríquez, aunque se demoró en notarlo, por la luz de los focos. “Él me dijo: tú eres mirista y te voy a cagar. Yo no lo era, pero al negarlo me dieron más fuerte”. Para los siguientes cambiaban los actores, pero el procedimiento era el mismo, aunque cada vez más intensos y selectivos. “Eran jóvenes, con mucho odio, que mataron por el gusto de matar, como una jauría de animales... matan a uno más y qué importa, no tienen que justificar la muerte...”. Carlos está seguro de que habían doctores que dirigían, “porque decían: ‘hasta aquí’, ‘suficiente’... muy precisos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día llegaron varios curas hasta la cancha del Estadio Chile y Carlos tuvo miedo. No por su aversión a la iglesia, sino porque pensó en una “extremaunción masiva”. El hombre que estaba a su lado lloraba constantemente, sufría hablando de sus hijos y Carlos no quería recordar a su hija, “porque eso me mataría”. Le tomó la mano fuerte y le dijo: “yo sé que vamos a salir y esto se lo vamos a contar a nuestros hijos con los años”... Solo Carlos lo pudo hacer. El obrero a la noche siguiente salió corriendo y saltó de cabeza contra un muro repetidas veces, hasta que un soldado lo remató. “Se fue apagando de a poco”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo esto significó el estar frente a frente con la muerte. Pero nada se compara con la experiencia vivida en el velódromo del Estadio Nacional, donde fue conducido tras seis días aproximadamente en el Estadio Chile. En ese lugar se ejecutó a cientos, pero también se realizaron fusilamientos falsos. “Me llevaron vendado y me colocaron frente a un muro... hicieron todo el ritual, con los gritos de un soldado dirigiendo y en el momento de gritar ‘fuego’, el cuerpo se me puso tenso... sonaron los disparos... y nada... silencio... no respiraba y pensé que estaba muerto porque no sentía nada... ya se acabó... de pronto risas y volví de golpe a la realidad... eso es matar a ratos”. Carlos volvió a su cuerpo, los dolores, el hambre y la angustia. “Pero te juro que nunca les demostré temor, tampoco fui altanero, pero eso me significó muchos más golpes... internamente sufría mucho y temía por mí, mi familia, mis compañeros... pero no se los demostré”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo las muestras de solidaridad en ese contexto son cosas que permiten mantener la esperanza. En un traslado de una galería a otra se cruzó con un compañero el cual venía del lado que había recibido comida. En el cruce este le entregó un garbanzo, solo uno. Una vez sentados, Carlos y dos prisioneros más partieron el garbanzo en partes iguales y lo disfrutaron por un largo rato en la boca. No habían comido nada en cuatro días. En otra ocasión un militar se paró junto a ellos y les ofreció venderles pan. Finalmente la transacción fue de dos marraquetas por algo así como treinta mil pesos actuales, que fueron juntados por cinco o seis reclusos. De aquel pan comieron más de 25 personas. También “llegó caminando una galleta de mano en mano” de la cual comieron cerca de 10 compañeros. Pero no solo en la comida se destacaban esas virtudes. La afectividad despertaba en gestos y miradas, en el dar la mano al compañero de al lado, sin conocerlo, solo por estar ahí sufriendo lo mismo y sobreviviendo. Así fue con Víctor Jara, quien “estaba muy mal, lo habían golpeado mucho, lo habían humillado, pero seguía entero y nos daba ánimo, nos alentaba a seguir”. Pedía que lo lavaran, que lo peinaran, para que no lo vieran mal, que el seguía en la lucha y los compañeros lo hacían, lo abrigaban. Los que se iban dejaban sus ropas a los que permanecían. Antes del tercer interrogatorio, Carlos fue interceptado por el artista y se miraron profundamente. “Fue la última vez que lo vi con vida... nunca olvidaré su mirada diciéndome: fuerza compañero...”. Antes de ser trasladado al Estadio Nacional, “tras cinco o seis días, no recuerdo bien... uno pierda las nociones del tiempo”, a Carlos le tocaba un cuarto interrogatorio, pero ya estaba mal físicamente y un compañero se puso en su lugar en la fila sin que los soldados lo notaran. Carlos, con la voz quebrada, solo dice: “Nunca más lo volví a ver...”. Entre la gente de la Universidad Técnica se protegían, nadie hablaba de los otros, pero hubo quienes no aguantaron más. “Yo no los puedo enjuiciar, pero estoy orgulloso de no haberlo hecho nunca... es difícil dar una línea pareja; yo siempre negué todo y eso me tiene tranquilo”. “En esos momentos despierta lo más rico de las personas, los valores más excepcionales... aquellos que hoy ya casi no se encuentran, salvo en pocas personas... eso se perdió por la dictadura y se perdió a punta de balas y golpes... nos quitaron lo colectivo...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para sobrevivir lo fundamental era mantener los sueños vigentes y mantenerse ocupado mentalmente. Carlos tenía un esquema: cuando se sentía mal pensaba en su hija, en la familia y se planteaba salir por ellos. Pero trataba de mantenerse alejado de las emociones, porque eso lo demolería. Se acordaba de los partidos que había visto en ambos estadios, los armaba completamente, desde el recorrido de su casa hasta aquel lugar. “Me pillaba sonriéndome al recordar juegos con mi hija o goles en el estadio”. En lo más práctico estaba la formación que había recibido: “hay que ver al enemigo, planteárselo, enfrentarlo inteligentemente; yo sabía que intelectualmente somos mucho más fuertes que ellos, porque no necesitamos sus métodos...”. Olvidó metódicamente nombres y números teléfonos. Actualmente Carlos no puede andar sin su agenda, porque no retiene los números de teléfono. “Son las consecuencias, pero son menores”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para Carlos hubo quienes no sobrevivieron porque no se les dio oportunidad, pero también hubo quienes murieron por la falta de convicción. “Si no estás convencido de tú camino, de tus ideales, de tus sueños y de la posibilidad de realizarlos, no estás entero y ellos lo notaban... a aquellos los explotaban más aún, porque sabían que eran más vulnerables...”. Había quienes lloraban y pedían perdón a los militares, lo cual a Carlos le provocaba sentimientos encontrados. “No soy quién para juzgarlos, pero yo no lo hice... los entiendo, pero no lo comparto”. Pero el convencimiento no es solo en lo político, va más allá, es también en la educación. “Un soldado me dijo, antes del segundo interrogatorio, que me quedaba una hora de vida... esa hora me preparé psicológicamente para ir a enfrentarlos... les deje a mis compañeros ropa y palabras para mi compañera y mi hija y fui entero al interrogatorio... y aquí estoy...”. Claro que hubo mucho de fortuna en su experiencia y Carlos lo sabe. “No soy un héroe. Muchos han caído bajo la tortura, pero en comparación a lo que le hicieron a otros, a mi no me hicieron nada... tuve suerte... no soy católico, pero creo que algo más allá me protegió”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vinieron largas semanas en el Estadio Nacional. Ahí era todo más preciso y selectivo. Largas semanas hasta que logró escapar, ayudado por su hermano mayor, que era un colaborador directo de los militares. “Nunca pensamos igual políticamente, pero fue quien me salvó”. Apareció el hermano, Lalo, con dos soldados y se lo llevó a un bus lleno de militares. “Dijo: ‘les presento a mi hermano, trabaja para mí y nos va a conducir después’. Contestaron ‘encantados, mucho gusto’. No pidió permiso; simplemente se arriesgó”. Ya estaba Carlos instalado en el bus cuando aparece un oficial: “¿Quién eres tú?”. Carlos le dijo: “trabajo con mi hermano, conduzco este bus”. El oficial no le creyó y le ordenó bajar. Tenía el pelo sucio, heridas, la ropa rota. “Venga, vamos al velódromo” dice el oficial. A la distancia estaba el hermano de Carlos con un oficial y se acercaron. “Trabaja para mi; yo trabajo con el comandante Manríquez (lo cual era cierto)”. El oficial no creyó y comenzó a llevárselo. El hermano le dijo: “aguanta, haz un esfuerzo, casi se ha terminado”. Llamaron a un tercer oficial, que entró a una sala con el hermano. Carlos cree que lo ayudó, sin conocerlo. “Mis amigos me miraban desde lejos... vi el alivio en sus caras: si tú logras salir mi familia sabrá donde estoy”. Salió el hermano de la sala y le dio las llaves a Carlos: “conduces tú”. Carlos no sabía manejar y se lo dijo con una mirada. Cuando iban por la casa de su madre, Carlos se bajó, previa autorización de un capitán. “Antes de salir me entrega un paquete de cigarros Marlboro, otro soldado me da una lata de pollo con arroz... cosas norteamericanas”. “Mi madre y mi compañera pensaban que estaba muerto... Llamé a mi mujer por teléfono: ‘¿Quién habla?’; ‘Carlos’; ‘¿Cuál Carlos?’; pensó que alguien le mentía... son experiencias que nunca...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carlos fue detenido y torturado 3 veces posteriormente. En julio de1974, imprimió volantes para el aniversario de la nacionalización del cobre. Las visitas al cementerio fueron constantes. El año 1985 perdió a su mejor amigo, a su compañero de vida Manuel Guerrero, asesinado por la dictadura y convertido en icono de lucha por el pueblo; esa lucha que en clandestinidad nunca cesó. “Pero esa es otra historia...”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La forma de ver la vida de Carlos cambió, “porque cambiaron también los escenarios”. Pero los sueños, los conceptos, los ideales nunca cambiaron. Se han ido cultivando más. “Me cercenaron una parte de la vida, pero no me quedé en eso... seguí en lo mismo, no soy individualista, los compañeros que dieron su vida, son los que me señalaron el camino a seguir...”. Nunca se ha arrepentido de las cosas que ha hecho y se enorgullece de eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vino la democracia y vinieron también las enfermedades. El cuerpo de Carlos quizás le ha pasado la cuenta por tanta lucha. El cáncer y los infartos han intentado lograr lo que no pudo Pinochet y sus dirigidos. Tampoco han podido. A punta de amigos-compañeros, un buen ron, noches de conversaciones con Sabina de fondo en el bar, domingos en Los de Abajo con camiseta azul, días de sueños y una sonrisa constante, Carlos se ha escapado una y otra vez de la muerte y puede decir con orgullo que ha sabido vivir...&lt;/span&gt;&lt;/span&gt; &lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Vivir con sencillez...&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;“La lucha es lo que me ha permitido vivir,&lt;br /&gt;porque si no estaría cagado por mis problemas de salud...&lt;br /&gt;estoy agradecido de la vida y de la familia&lt;br /&gt;que me ha apoyado más allá de las palabras,&lt;br /&gt;con compañía, haciéndolo sentir...&lt;br /&gt;no soy un número más, &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;soy una pequeña parte de la historia…”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="center"&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8390492669842136064-1373279556206806118?l=paraelhombresencillo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/feeds/1373279556206806118/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=8390492669842136064&amp;postID=1373279556206806118' title='21 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/1373279556206806118'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8390492669842136064/posts/default/1373279556206806118'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://paraelhombresencillo.blogspot.com/2007/06/carlos.html' title='Carlos...'/><author><name>Para el hombre sencillo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02030460940799450910</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://bp2.blogger.com/_ZTkfJvZ8jZQ/RnwRKQVvuAI/AAAAAAAAAAM/SCYJv7AHNRM/s320/f%2520copia.8%5B1%5D.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_7U9jdiwNdL8/RnyBSZ3pZgI/AAAAAAAAAAU/LjvlpWxnpiQ/s72-c/Sin+t%C3%ADtulo-Cosido-08chico.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>21</thr:total></entry></feed>
